La Habitación Prohibida: El Oscuro Secreto que Despertó a un Huésped del Más Allá

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la tremenda intriga de saber qué había detrás de la puerta de esa misteriosa habitación y quién era realmente el anciano que le dio la orden a esta joven. Prepárate, busca un lugar cómodo, enciende las luces y respira profundo, porque el terror psicológico que estás a punto de leer te helará la sangre en las venas y no te dejará dormir esta noche.
El peso de un trapeador y una vida llena de sacrificios
Eran las dos de la madrugada, y el silencio en la ciudad era tan profundo que resultaba casi ensordecedor.
Para Rosa, sin embargo, la madrugada no era un momento de descanso, sino el inicio de su verdadera batalla diaria.
Rosa era una joven de apenas veintidós años.
Su complexión era delgada, frágil a simple vista, pero sus manos estaban endurecidas por los químicos de limpieza.
Llevaba puesto un uniforme azul marino que le quedaba un par de tallas más grande, con el logotipo desgastado de una empresa de mantenimiento.
La vida de Rosa nunca había sido fácil.
Huérfana desde los catorce años, había tenido que abandonar la escuela para hacerse cargo de su hermano menor, Mateo.
Mateo era un niño brillante, pero sufría de una grave condición pulmonar que requería medicamentos sumamente costosos.
Cada gota de sudor, cada dolor de espalda y cada turno nocturno de Rosa tenían un único propósito: mantener a su hermanito con vida.
Por eso, cuando le ofrecieron el puesto de limpieza nocturna en el edificio más antiguo del centro histórico, no dudó ni un segundo.
El sueldo era sorprendentemente alto. Pagaban el triple que en cualquier otra empresa de la ciudad.
Las únicas condiciones eran no hacer preguntas, limpiar todo a fondo y, sobre todo, no molestar a los residentes permanentes.
Rosa aceptó el trato sin pensarlo. Su desesperación era mucho más grande que cualquier superstición o miedo a la oscuridad.
Caminaba por los largos pasillos empujando su pesado carrito de limpieza de plástico amarillo.
El chirrido de una de las ruedas del carrito era el único sonido que la acompañaba en su solitaria y monótona rutina.
Pero esa noche de noviembre, el ambiente en el edificio se sentía diferente.
Había una pesadez en el aire, una densidad invisible que le oprimía el pecho y le dificultaba la respiración.
Las luces fluorescentes del techo parpadeaban de manera intermitente, emitiendo un zumbido eléctrico que ponía los nervios de punta.
Rosa se detuvo un momento, secándose el sudor de la frente con la manga de su uniforme.
No sabía que esa simple noche de martes estaba a punto de convertirse en la peor y más aterradora pesadilla de toda su existencia.
Las entrañas del Gran Hotel San Severo
El lugar donde Rosa trabajaba no era un edificio de apartamentos común y corriente.
Era el antiguo «Gran Hotel San Severo», una joya arquitectónica construida a principios del siglo pasado.
En su época de gloria, durante los años veinte, había alojado a la élite más poderosa, rica y excéntrica del país.
Tenía candelabros de cristal de murano en el vestíbulo, alfombras rojas traídas de Persia y paredes forradas en fina madera de roble oscuro.
Pero de aquella gloria ya no quedaba casi nada.
El tiempo, el abandono y la decadencia habían convertido al San Severo en una sombra fantasmal de lo que alguna vez fue.
Ahora funcionaba como una mezcla extraña de edificio de oficinas baratas y residencias para personas solitarias y hurañas.
El olor del edificio era inconfundible.
Olía a polvo acumulado, a humedad atrapada en las alfombras, a tabaco viejo y a algo metálico, parecido al cobre oxidado.
Los pasillos eran largos, estrechos y formaban un laberinto claustrofóbico que parecía no tener fin.
Las puertas de las habitaciones eran pesadas, de madera maciza, con números de bronce deslustrados clavados en el centro.
A Rosa le habían asignado la limpieza de las áreas comunes, los baños compartidos y los pasillos de los primeros cinco pisos.
El gerente del turno nocturno, Don Humberto, había sido extremadamente claro desde el día de su entrevista.
«Limpias hasta el quinto piso, Rosa. Ni un escalón más.»
«El sexto piso está clausurado por problemas estructurales y riesgo de derrumbe. Está estrictamente prohibido subir.»
Esa regla nunca había representado un problema para ella.
Al contrario, agradecía tener un piso menos que limpiar para poder terminar su turno más rápido e irse a casa.
Pero esa noche, mientras pasaba la fregona por el cuarto piso, notó algo extraño en la escalera principal.
Una corriente de aire helado, tan fría que parecía provenir del interior de un congelador industrial, bajaba por los escalones.
El aire traía consigo un olor peculiar.
Ya no era el olor a humedad del edificio. Era un aroma a rosas secas y a tierra mojada, como el de un cementerio antiguo.
Rosa se estremeció. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal, erizándole los vellos de la nuca.
El sexto piso y el frío que congela el alma
Su instinto básico de supervivencia le gritaba que diera media vuelta y bajara al vestíbulo donde estaba la luz y la compañía del gerente.
Pero Rosa era una empleada responsable.
Pensó que tal vez alguna ventana del sexto piso se había quedado abierta y la tormenta que amenazaba afuera estaba entrando al edificio.
Si el agua arruinaba la madera de las escaleras, seguramente se lo descontarían de su preciado sueldo.
Con pasos lentos, dudosos y el corazón latiendo a un ritmo acelerado, Rosa dejó su carrito en el cuarto piso.
Tomó su linterna de bolsillo y comenzó a subir los escalones de mármol hacia el área prohibida.
Cada paso que daba resonaba en la escalera de caracol con un eco lúgubre y asfixiante.
La temperatura descendía drásticamente con cada escalón que dejaba atrás.
Su propia respiración comenzó a condensarse frente a su rostro, formando pequeñas nubes de vapor blanco.
Llegó al rellano del sexto piso.
La oscuridad aquí era casi total. Las luces de emergencia estaban fundidas o desconectadas intencionalmente.
Rosa encendió su linterna. El haz de luz cortó las sombras, revelando un pasillo idéntico a los de abajo, pero cubierto por una densa capa de polvo.
El papel tapiz de las paredes, que alguna vez fue de un elegante color burdeos, estaba desprendido y colgaba en tiras como piel muerta.
El silencio absoluto del lugar era ensordecedor. No se escuchaba ni el tráfico de la calle.
«¿Hay alguien ahí?» preguntó Rosa, con una voz temblorosa que sonó patética incluso para ella misma.
Su voz fue devorada por la oscuridad. Nadie respondió.
Se acercó a la primera ventana del pasillo para verificar si estaba rota, pero estaba perfectamente cerrada y sellada con polvo.
«Debe ser la humedad de las paredes,» murmuró para sí misma, intentando encontrar una explicación lógica para calmar su pánico.
Se dio la media vuelta, dispuesta a regresar corriendo a la seguridad de su carrito de limpieza en el cuarto piso.
Pero entonces, escuchó un sonido a sus espaldas.
No fue un trueno. No fue el viento.
Fue el crujido claro, lento y deliberado de una bisagra de madera oxidada abriéndose.
El huésped que no proyectaba sombra
Rosa se quedó petrificada. Sus botas de goma parecían estar pegadas al suelo cubierto de alfombra podrida.
Lentamente, con el terror latiendo en sus oídos, giró el haz de su linterna hacia el fondo del pasillo clausurado.
Al final del corredor, una puerta estaba entreabierta.
La luz amarillenta y tenue de una vela o de una lámpara antigua se filtraba desde el interior de la habitación.
Y en el umbral de esa puerta, había una figura humana.
Rosa ahogó un grito, llevándose la mano libre a la boca para silenciar su propio terror.
Era un hombre. Un anciano de apariencia extraordinariamente perturbadora.
Era muy alto, casi de un metro noventa, pero extremadamente delgado, casi esquelético.
Llevaba puesto un traje de tres piezas de color negro profundo.
No era un traje moderno. El corte, las solapas anchas y el chaleco de seda correspondían a la moda de principios del siglo veinte.
Su rostro estaba iluminado a medias por la luz de la linterna de Rosa.
Era una piel de una palidez enfermiza, casi translúcida, como el mármol o la cera de una vela derretida.
No tenía ni una sola gota de color en los labios ni en las mejillas.
Sus ojos estaban hundidos en sus cuencas oscuras, pero brillaban con una intensidad hipnótica y aterradora.
«Buenas… buenas noches, señor,» tartamudeó Rosa, recordando que su trabajo dependía de ser amable con los residentes.
«No… no sabía que hubiera huéspedes en este piso. El gerente me dijo que estaba cerrado.»
El anciano no se movió. No parpadeó.
Simplemente la observó con una fijeza que hizo que Rosa sintiera náuseas de puro miedo.
Cuando el hombre finalmente habló, su voz no sonó como si viniera de su garganta.
Su voz resonó directamente dentro de la cabeza de Rosa.
Era un susurro ronco, seco, como el sonido de hojas secas siendo aplastadas bajo un zapato.
«El polvo se acumula en mis recuerdos, niña,» susurró el anciano pálido.
«Mi habitación está sucia. Necesito que limpies mi habitación. Ahora.»
Una moneda de plata y un pacto en la oscuridad
Rosa tragó saliva. El terror amenazaba con hacerla desmayar en ese mismo instante.
Quería salir corriendo, quería gritar y bajar las escaleras de tres en tres.
Pero había algo en la mirada del anciano, una fuerza de voluntad tan aplastante, que la mantenía clavada en su sitio.
«Señor… yo solo limpio hasta el quinto piso. Esas son las órdenes de Don Humberto,» intentó explicar Rosa, retrocediendo un milímetro.
El anciano dio un paso fuera de su habitación.
El haz de luz de la linterna de Rosa iluminó el suelo detrás del hombre.
Fue entonces cuando la joven notó el detalle más escalofriante de todos.
A pesar de que su linterna lo apuntaba directamente, el anciano no proyectaba ninguna sombra contra la pared del fondo.
La pared estaba completamente lisa y vacía. Era como si la luz lo atravesara.
«Humberto es un cobarde,» siseó el hombre mayor, con una expresión de absoluto desprecio.
«No le digas nada a Humberto. Esto es entre tú y yo. Es un secreto.»
El anciano levantó su mano derecha, esquelética y de dedos inusualmente largos.
En la palma de su mano, sostenía un objeto metálico que brillaba tenuemente.
«Limpia mi habitación, y te aseguro que el niño que espera en tu casa nunca más tendrá que toser sangre.»
Las palabras del hombre cayeron como una bomba nuclear sobre la mente de Rosa.
¿Cómo sabía lo de su hermanito Mateo? ¿Cómo sabía que el niño estaba tosiendo sangre?
Ella nunca le había contado los detalles de la enfermedad a nadie en su trabajo. Solo el médico lo sabía.
El instinto maternal y protector de Rosa chocó violentamente contra su terror primitivo.
«¿Qué… qué acaba de decir?» preguntó la joven, con los ojos llenos de lágrimas de desesperación y miedo.
El anciano estiró su largo brazo y le entregó el objeto metálico.
Rosa lo tomó por puro instinto.
Al instante de tocar su piel, Rosa sintió un dolor agudo.
El hombre estaba tan frío como un cadáver que llevaba horas en la morgue.
Su piel era dura y rígida.
El anciano se dio la media vuelta sin hacer el más mínimo ruido de pasos.
«Te estaré esperando. No tardes,» susurró, antes de desaparecer en la oscuridad de su habitación.
La puerta de madera maciza se cerró lentamente con un clic pesado.
Rosa se quedó sola en el pasillo helado, respirando agitadamente.
Bajó la vista hacia su mano temblorosa para ver qué le había dado aquel monstruoso ser.
No era una simple propina.
Era una moneda de plata, inusualmente pesada, gruesa y muy antigua.
No tenía la cara de ningún presidente ni el escudo de ninguna nación.
En el centro de la moneda, tallado con precisión perturbadora, había un número.
El 666.
El terror en la oficina del gerente
Rosa no recuerda cómo bajó las escaleras.
Su cerebro bloqueó el trayecto. Solo sabía que sus piernas se movían por pura inercia, huyendo del sexto piso.
Llegó al vestíbulo principal de la planta baja, donde la luz amarilla de los candelabros le pareció un abrazo celestial.
Corrió hacia la recepción. El sonido de sus botas de goma chirriando contra el suelo alertó al gerente.
Don Humberto, un hombre regordete, calvo y de unos cincuenta años, estaba sentado detrás del mostrador.
Estaba bebiendo un café negro y cuadrando los recibos del turno nocturno.
Al ver a Rosa pálida como un fantasma, sudando a mares y temblando violentamente, Humberto se puso de pie de un salto.
«¡Rosa, por el amor de Dios! ¿Qué te pasó, muchacha? ¡Parece que hubieras visto al mismísimo diablo!»
Humberto corrió hacia ella y la sostuvo por los hombros para que no colapsara en el piso.
«Agua… deme agua, por favor,» suplicó la joven, sintiendo que el corazón se le saldría por la boca.
El gerente la sentó en la silla de su propia oficina privada y le sirvió un vaso de agua del dispensador.
Rosa bebió desesperadamente, derramando la mitad sobre su uniforme azul.
«Respira, niña. Cálmate. ¿Alguien se metió al edificio? ¿Llamo a la policía?» preguntó Humberto, tomando el teléfono rojo del escritorio.
Rosa negó con la cabeza frenéticamente.
«No, Don Humberto. No es un ladrón. Es un huésped.»
Humberto frunció el ceño, confundido. «Pero a esta hora todos los residentes están durmiendo. Ninguno ha bajado al lobby.»
«Estaba arriba,» balbuceó Rosa, abrazándose a sí misma.
«Subí a revisar si había una ventana abierta porque sentí mucho frío.»
El color comenzó a desaparecer del rostro redondo del gerente. Un presentimiento oscuro se asomó a sus ojos.
«Te dije claramente que no subieras al sexto piso, Rosa,» la reprendió con voz tensa.
«Lo sé, lo siento. Pero vi a un hombre. Un anciano muy pálido, con un traje negro muy antiguo.»
Humberto dejó caer el bolígrafo que tenía en la mano. El plástico resonó contra la madera del escritorio.
«¿Un… un anciano con traje de tres piezas?» preguntó el gerente, con un hilo de voz que apenas se escuchaba.
«Sí. Estaba muy flaco. Y… y estaba helado.»
Rosa abrió su puño derecho, que había mantenido cerrado con todas sus fuerzas.
Colocó la extraña y pesada moneda de plata sobre el escritorio del gerente.
«Me dijo que limpiara su cuarto. Me dio esto. Me dijo que era un secreto.»
La grabación que desafió la realidad
Al ver la moneda de plata con el número 666 grabado, Humberto ahogó un grito de pánico absoluto.
Se pegó contra el respaldo de su silla de cuero, alejándose de la moneda como si fuera un pedazo de uranio radiactivo.
Su respiración se agitó. El sudor comenzó a perlar su frente calva en segundos.
«No, no, no… esto no puede estar pasando otra vez. Ya pasaron veinte años,» murmuraba Humberto, perdiendo la cordura.
Rosa lo miró, aterrada por la reacción de su jefe, un hombre que siempre se mostraba rudo y seguro.
«¿Qué pasa, Don Humberto? ¿Quién es ese hombre? ¿Por qué sabe que mi hermano está enfermo?»
Humberto no le respondió de inmediato.
Con las manos temblando de forma incontrolable, se acercó a los monitores de las cámaras de seguridad que estaban en su escritorio.
El edificio tenía un sistema de cámaras antiguo, en blanco y negro, pero funcional.
Había una cámara instalada exactamente en el pasillo principal del sexto piso, apuntando hacia las escaleras.
«Mira las pantallas, Rosa,» ordenó el gerente, con la voz quebrada. «Dime a qué hora subiste exactamente.»
«Hace diez minutos. A las dos y cuarto de la madrugada.»
Humberto rebobinó la cinta digital hasta las 02:15 AM.
Ambos se inclinaron sobre el monitor, conteniendo la respiración.
En la pantalla, se vio claramente la figura de Rosa subiendo las escaleras, con la linterna en la mano.
Se vio cómo caminaba por el pasillo empolvado.
Se vio cómo se detenía frente a la última habitación del pasillo, la habitación 666.
Y luego, el horror más absoluto e inexplicable quedó registrado en video.
En la pantalla de seguridad, Rosa estaba completamente sola.
Se veía a la joven hablando, moviendo las manos, asintiendo con la cabeza.
Se veía cómo estiraba la mano para recibir algo en el aire vacío.
Pero la puerta de la habitación 666 jamás se abrió.
No había ningún anciano en la pantalla. No había ninguna luz de vela. No había nadie más en ese pasillo además de ella.
Estaba conversando con la más pura y aterradora de las nadas.
La macabra historia que nadie se atrevía a contar
Rosa se tapó la boca con ambas manos. Un sollozo de puro terror escapó de su garganta.
«No… no es cierto. Él estaba ahí, Don Humberto. ¡Yo lo toqué! ¡Me dio esta moneda!» gritó la joven, señalando el trozo de plata sobre la mesa.
El gerente se dejó caer en su silla, llevándose las manos a la cara.
Lloraba. El hombre rudo y estricto estaba llorando de miedo.
«Lo sé, Rosa. Sé que te dio esa moneda. Conozco esa maldita moneda de plata,» dijo el gerente, secándose el rostro.
Humberto se levantó, caminó hacia la puerta de su oficina y le puso el seguro desde adentro.
Cerró las persianas de cristal para que nadie pudiera ver hacia el interior.
Sacó una botella de licor de un cajón escondido y se sirvió un vaso doble, bebiéndolo de un solo trago.
«Si quieres sobrevivir esta noche, tienes que escucharme muy bien,» comenzó el gerente, sentándose de nuevo.
«Ese hombre que viste no es un residente. No es un ser vivo.»
Rosa sintió que el corazón se le detenía. Sus mayores miedos supersticiosos se estaban confirmando.
«Ese hombre era Don Octavio San Severo. El constructor y dueño original de este maldito hotel.»
Humberto sirvió otro vaso de licor, pero no lo bebió. Lo dejó sobre el escritorio.
«Don Octavio no era un hombre normal. Era un hombre inmensamente rico, pero estaba obsesionado con la oscuridad.»
El gerente bajó la voz a un susurro, como si temiera que las paredes los estuvieran escuchando.
«Se decía que en los años cuarenta, Octavio practicaba artes oscuras. Hacía rituales, magia negra y sacrificios para prolongar su vida.»
«Él vivía encerrado en la habitación más grande y lujosa del sexto piso. La habitación 666.»
Rosa tragó saliva, sintiendo que el aire de la oficina se volvía pesado y asfixiante.
«La historia oficial dice que Octavio enloqueció,» continuó Humberto.
«Pero la verdad que solo los empleados más viejos sabemos, es que él hizo un pacto. Un pacto con algo que no es de este mundo.»
El gerente señaló la moneda de plata en el escritorio.
«Esa moneda es su firma. Era su forma de sellar acuerdos con la oscuridad.»
La noche de los gritos y la puerta sellada
«¿Cómo murió?» preguntó Rosa, en un susurro apenas audible.
Humberto se frotó los ojos cansados.
«Murió exactamente un día como hoy. Hace exactamente veinte años.»
«Un martes 13 de noviembre. A las tres de la madrugada.»
«Nadie sabe qué intentó invocar esa noche. Pero lo que sea que llamó, le cobró la deuda.»
El gerente se estremeció al recordar su propia juventud en el hotel.
«Yo era apenas un botones novato. Recuerdo que los gritos que salieron del sexto piso no eran humanos.»
«Eran alaridos de agonía pura. Gritos de carne siendo arrancada del hueso. Gritos que hacían sangrar los oídos.»
«Cuando la policía finalmente logró derribar la puerta a la mañana siguiente…»
Humberto hizo una pausa, incapaz de decir la atrocidad en voz alta por unos segundos.
«…No encontraron un cuerpo. Encontraron cenizas, sangre en el techo, y las paredes arañadas hasta el ladrillo.»
«La policía cerró el caso como una combustión espontánea y un asesinato sin resolver.»
«Pero los gritos no se detuvieron con su muerte.»
El gerente miró a Rosa con los ojos desorbitados por el terror de sus propios recuerdos.
«Cada noviembre, en la semana de su aniversario, la habitación cobraba vida.»
«Se escuchaban risas, llantos, y veíamos sombras deslizándose por debajo de la puerta.»
«Varios empleados que intentaron entrar a limpiar, renunciaron al día siguiente y terminaron en hospitales psiquiátricos.»
«Hace quince años, los dueños actuales decidieron que era suficiente.»
Humberto señaló hacia arriba, hacia el techo de su oficina.
«Pusieron tres candados de acero forjado en esa puerta de roble. Levantaron una pared falsa de yeso por dentro.»
«Esa puerta, Rosa, lleva veinte años sin abrirse. Nadie tiene la llave.»
«El anciano que viste es su espíritu maldito. Y sea lo que sea que quiera contigo, te quiere muerta o peor.»
El llamado hipnótico del más allá
Rosa se levantó de la silla. Su mente estaba a punto de colapsar.
La lógica le decía que saliera corriendo del edificio, que no mirara atrás y que se buscara otro trabajo al día siguiente.
«Vete a tu casa, Rosa,» le ordenó Humberto, dándole un par de billetes de su propia cartera.
«Yo te cubriré el turno. Tira esa maldita moneda a la alcantarilla y no vuelvas nunca más.»
Rosa tomó la moneda de plata del escritorio para tirarla.
Pero al momento en que sus dedos cerraron el puño sobre el metal frío…
Algo cambió drásticamente en su interior.
Un zumbido agudo y penetrante llenó su cabeza, bloqueando todos los sonidos de la oficina.
Ya no escuchaba las advertencias de Humberto. Ya no sentía el miedo que la paralizaba hace un minuto.
Una voz. La misma voz rasposa, seca y telepática del anciano comenzó a susurrarle desde la plata fría.
«Tu hermano morirá antes del invierno… a menos que limpies mi habitación.»
«Abre la puerta… solo tú puedes hacerlo. Acepta el trato.»
El amor de Rosa por su hermanito Mateo era más fuerte, más irracional y más poderoso que el miedo al diablo mismo.
Sabía que los médicos le habían dado pocos meses de vida a Mateo. Sabía que no había cura médica con su sueldo.
Si había una mínima posibilidad de que este ser del más allá cumpliera su promesa… ella estaba dispuesta a pagar el precio con su propia alma.
«Rosa, ¿me escuchaste? ¡Sal del edificio!» gritaba Humberto, sacudiéndola por los hombros.
Rosa lo miró. Sus ojos ya no tenían lágrimas.
Estaban vacíos, nublados por un trance hipnótico y una determinación suicida.
«Tengo que hacer mi trabajo, Don Humberto,» dijo la joven, con una voz plana, carente de emoción.
«¡Estás loca! ¡Esa puerta está bloqueada! ¡Nadie puede abrirla!»
Rosa levantó su mano y abrió el puño.
La moneda de plata con el 666 grabado había cambiado de forma.
La plata sólida se había derretido mágicamente en sus manos, remodelándose hasta convertirse en una llave de aspecto antiguo.
Una llave gótica, pesada y negra como el carbón.
Humberto retrocedió, tropezando con su silla y cayendo de espaldas al piso.
El gerente comprendió que el pacto ya estaba sellado. Que la joven ya le pertenecía al monstruo de arriba.
El ascenso hacia la peor de las pesadillas
Sin decir una palabra más, Rosa quitó el seguro de la oficina y salió al vestíbulo principal.
Caminó directamente hacia el ascensor más antiguo del hotel. El ascensor de jaula de hierro que casi nunca se usaba.
Entró en la cabina oscura y presionó el botón despintado del número 6.
Las rejas de hierro se cerraron con un chirrido que sonó a lamento.
El ascensor comenzó a subir. Agónicamente lento.
Piso 1… Piso 2…
Las poleas y los cables de acero crujían, amenazando con romperse en cualquier instante.
Piso 3… Piso 4…
La luz amarilla del techo del ascensor comenzó a parpadear frenéticamente.
La temperatura dentro de la cabina descendió de golpe. Rosa podía ver el vapor de su respiración escapando de sus labios.
Piso 5…
El ascensor se sacudió violentamente, como si algo pesado acabara de caer sobre el techo de la cabina.
Un olor repulsivo, a carne podrida y azufre, inundó el pequeño espacio confinado.
Las manos de Rosa temblaban, apretando la llave negra con tanta fuerza que los bordes metálicos le hacían sangrar la palma de la mano.
Pensaba en su hermano. Pensaba en la sonrisa de Mateo. Esa era su única ancla a la cordura en medio de la locura.
«Por ti, mi niño. Todo por ti,» susurraba la joven, como si fuera una oración sagrada.
Finalmente, el ascensor se detuvo con un fuerte golpe.
Piso 6.
Las rejas se abrieron solas, invitándola a entrar al purgatorio.
Rosa salió de la cabina.
El pasillo que hace unos minutos estaba simplemente polvoriento, ahora estaba irreconocible.
Las paredes parecían estar vivas. El papel tapiz latía, moviéndose ligeramente como si la casa respirara.
Una escarcha de hielo puro cubría los ventanales y los zócalos de madera.
Al final del corredor interminable, la pesada puerta de roble de la habitación 666 esperaba.
Ya no había luz de vela filtrándose por debajo. Había una oscuridad que parecía absorber la poca luz de emergencia que quedaba.
El umbral del abismo
Rosa caminó paso a paso. Sus botas pesaban toneladas.
Cada paso que daba la alejaba más de la realidad y la adentraba más en la leyenda negra del Hotel San Severo.
Llegó frente a la puerta de roble macizo.
La madera estaba fría al tacto, casi congelada.
Los tres gruesos candados de acero que Humberto había mencionado estaban allí, oxidados y cubiertos de polvo de décadas.
Pero Rosa no necesitaba romperlos.
Acercó la llave mágica, negra y fría, a la vieja cerradura principal en el centro de la puerta.
El agujero de la cerradura parecía invitarla, como una boca abierta esperando ser alimentada.
Introdujo la llave. Entró con una suavidad perturbadora, perfecta, sin ninguna resistencia.
El corazón de Rosa latía con una violencia que amenazaba con destrozarle las costillas.
Sabía que lo que estaba a punto de hacer era cruzar la línea de no retorno.
Sabía que del otro lado de esa madera no encontraría una habitación sucia para trapear.
Encontraría la verdad oculta sobre la muerte de Don Octavio.
Encontraría el infierno mismo materializado en cuatro paredes.
Respiró hondo, llenando sus pulmones con el aire gélido del pasillo embrujado.
Cerró los ojos, visualizó el rostro sonriente de su hermanito Mateo, reuniendo todo el coraje del universo en su frágil cuerpo.
Y con un movimiento firme de su muñeca derecha, Rosa giró la llave negra.
Un sonido metálico, pesado y seco resonó en la puerta.
CLICK.
Los tres candados de acero oxidado saltaron simultáneamente, cayendo al suelo de alfombra podrida con un ruido sordo.
La pesada puerta de madera crujió en la oscuridad.
Y muy lentamente, por primera vez en veinte largos y sangrientos años, la habitación 666 comenzó a abrirse, invitando a la joven empleada a descubrir los horrores inenarrables que la aguardaban del otro lado en las sombras.
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