El Maletín de la Gratitud: El Taquero que Suplicó por su Vida sin Saber que el Poderoso Millonario Venía a Pagarle una Deuda de Sangre, Lágrimas y Lealtad Absoluta

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la tremenda, insoportable, asfixiante y agobiante intriga de saber qué pasó realmente en medio de esta ruidosa, polvorienta y peligrosa avenida. La violenta e inexplicable persecución del inmenso auto negro de lujo, el terror paralizante del joven corriendo por su vida, y la desesperada súplica de aquel humilde padre taquero dispuesto a dar su propia vida para salvar a su hijo.
Prepárate. Cancela absolutamente cualquier cosa que estés haciendo en este preciso e irrepetible instante de tu vida. Aísla tu mente de todo el ruido exterior, busca el lugar más sumamente cómodo de tu casa, apaga las luces de tu habitación, desconecta tu teléfono, aísla tus pensamientos y respira muy, pero muy profundo.
Porque la magistral, aplastante, conmovedora, brutal y legendaria lección de karma absoluto, bondad y justicia que presenciarás hoy, junto con la cruda, poética y hermosa confesión que este todopoderoso y misterioso hombre te hará mirándote directamente a los ojos, te dejarán con la sangre completamente helada. El corazón te latirá a mil por hora, tendrás los puños apretados de pura emoción, gruesas lágrimas rodarán por tus mejillas y tendrás la respiración contenida en un abismo de suspenso puro, inyectado de adrenalina y fe en la humanidad.
El infierno de asfalto y el altar del sudor diario
La noche había caído con todo su peso aplastante, caluroso y denso sobre la inmensa metrópolis. En una de las avenidas más transitadas, ruidosas, grises y peligrosas de la periferia de la ciudad, donde la ley del más fuerte dicta las reglas y el sudor de la clase trabajadora empapa el pavimento, la vida no se detenía ni por un segundo. El aire estaba permanentemente saturado con una mezcla pesada, embriagadora y caótica: el humo espeso y negro del escape de los autobuses urbanos, el olor metálico de la contaminación, el ruido ensordecedor de los cláxones y el inconfundible, hipnótico y delicioso aroma de la carne asada al carbón.
Justo en la esquina más iluminada y ruidosa de esa encrucijada de asfalto, como un pequeño faro de resistencia humana en medio de un mar de concreto, se encontraba el puesto de tacos de Don Carlos.
Este no era un negocio de moda, ni un local gourmet. Era un humilde, viejo y abollado carrito de acero inoxidable que había soportado las inclemencias del clima, las crisis económicas y el paso inexorable de tres largas, agotadoras y dolorosas décadas. Don Carlos era un hombre de cincuenta y ocho años, pero su espalda encorvada, su piel profundamente curtida por el fuego del trompo al pastor y sus manos llenas de gruesas callosidades y cicatrices de quemaduras, lo hacían parecer de setenta.
Llevaba un delantal blanco que, a pesar de sus inmensos esfuerzos por mantenerlo inmaculado, siempre terminaba con manchas de salsa roja y grasa al final de jornadas de dieciséis horas ininterrumpidas. Don Carlos era un hombre honesto, un pilar de su comunidad, un padre soltero que había criado a su único hijo, Miguel, a base de picar cebolla, cilantro y despachar órdenes de tacos desde el atardecer hasta que el sol amenazaba con salir. Su vida entera, sus esperanzas, su oxígeno y su dignidad estaban amarrados a las llantas de ese viejo carrito de acero.
La persecución del terror y el monstruo de cristal negro
Faltaban quince minutos para la medianoche. El flujo de clientes había disminuido y Don Carlos estaba limpiando pacientemente la pesada plancha de hierro con la mitad de una cebolla y un trapo húmedo, cuando el terror más puro, primitivo, frío y paralizante irrumpió violentamente en su pequeño y humilde mundo de humo y carne.
«¡PAPÁ! ¡PAPÁ, AYÚDAME!»
El grito desgarrador, ahogado y lleno de un pánico absoluto y mortal cortó el ruido del tráfico nocturno como si fuera una cuchilla oxidada.
Don Carlos levantó la vista de golpe, soltando el trapo sobre la plancha caliente. A lo lejos, corriendo a una velocidad suicida, tropezando con sus propios pies, empujando a los transeúntes y mirando hacia atrás con los ojos desorbitados por el horror, venía su hijo Miguel. El joven, de apenas veinte años, estudiante universitario que acababa de salir de su turno de medio tiempo, corría con la respiración entrecortada, el rostro pálido como la cera y la camisa empapada en sudor frío.
Pero Miguel no corría solo. No huía de un simple asaltante de callejón.
Pisándole los talones, devorando la distancia con una suavidad, un silencio y una agresividad que helaba la sangre en las venas, avanzaba un colosal, inmenso y aterrador vehículo. Un majestuoso Rolls-Royce Phantom completamente negro. Sus vidrios estaban polarizados al grado más alto, haciéndolo parecer un ataúd rodante de millones de dólares, un tiburón de acero, cromo y cristal oscuro acechando en las aguas turbias y pobres de la periferia urbana.
El vehículo de hiperlujo, que jamás en la historia había sido visto en ese barrio marginal, no respetaba topes ni baches. Avanzaba con la determinación implacable de un depredador que ha fijado su objetivo y no se detendrá hasta aniquilarlo.
Miguel llegó al puesto de tacos derrapando, cayendo de rodillas sobre la banqueta grasienta, jadeando, buscando desesperadamente refugio detrás de las piernas temblorosas de su viejo padre.
«¡Me vienen siguiendo, papá! ¡Salí del metro y ese maldito auto negro no ha dejado de seguirme a cada paso! ¡No sé qué quieren, no he hecho nada, te lo juro por mi vida, papá, ayúdame!» lloraba el joven, temblando incontrolablemente, abrazado al delantal sucio de Don Carlos.
El pesado Rolls-Royce negro frenó en seco, justo a un metro de distancia del carrito de tacos. El sonido de sus inmensos frenos de cerámica y el sutil ronroneo de su poderoso motor V12 fueron los únicos ruidos en una calle que, de repente, se había quedado sepulcral y aterradoramente silenciosa. Las pocas personas que cenaban cerca retrocedieron varios pasos, abandonando sus platos, sintiendo en el aire el peso de un poder aplastante, mafioso, intocable y mortal.
Don Carlos, con el corazón latiéndole desbocado en el pecho a punto de provocarle un infarto, tragó saliva. Su instinto de padre, forjado en años de sacrificios, se encendió como una hoguera. Se interpuso físicamente entre el inmenso auto negro y su hijo arrodillado. Agarró con fuerza el gran cuchillo cebollero que usaba para cortar la carne, no para atacar, sino porque el terror le exigía aferrarse a algo en medio de ese naufragio.
El descenso del titán y la súplica de rodillas
Las pesadas, gruesas y blindadas puertas traseras del Rolls-Royce se abrieron simultáneamente con un suave y electrónico ‘clic’.
Primero, descendieron dos inmensos guardias de seguridad privada. Hombres de dos metros de altura, vestidos con trajes tácticos negros, chalecos antibalas visibles y audífonos de espiral en los oídos. No sacaron armas, pero su sola presencia física, su postura militar y sus miradas frías como el hielo ártico eran suficientes para paralizar a un batallón entero. Se colocaron a los lados del vehículo, escudando la puerta principal como gárgolas de acero.
Y entonces, el jefe descendió a la calle.
Un hombre de unos treinta y cinco años emergió de las sombras del interior del lujoso vehículo. Su presencia no solo era imponente; era un agujero negro supermasivo que devoraba y chupaba absolutamente toda la luz, el oxígeno, la arrogancia y la voluntad de los presentes.
Vestía un traje a la medida de tres piezas, color azul medianoche, confeccionado con la seda más fina y cara de Europa. Un reloj Patek Philippe de platino macizo brillaba discretamente en su muñeca izquierda, valiendo cien veces más que toda la calle completa. Su rostro, cincelado, duro, de mandíbula cuadrada y facciones perfectas, estaba completamente inexpresivo. Era una máscara de hielo impenetrable, un rostro acostumbrado a dar órdenes que destruyen corporaciones y mueven millones de dólares antes del desayuno. En su mano derecha sostenía un maletín metálico de seguridad, forrado en fibra de carbono y asegurado con cerraduras biométricas de alta tecnología.
El hombre de traje, acompañado por sus dos mastodontes de seguridad, caminó lenta, pesada e inexorablemente hacia el puesto de tacos. Sus zapatos italianos de piel de cocodrilo resonaron contra el concreto grasiento de la acera.
Don Carlos, viendo a este titán intocable acercarse, sintió que las piernas no le respondían. El miedo lo quebró por completo. El anciano taquero sabía que contra gente de ese nivel, contra ese tipo de poder económico y destructivo, él no era más que un simple y asqueroso insecto a punto de ser pisoteado y borrado de la faz de la tierra. Su cuchillo cebollero cayó al suelo de cemento con un golpe metálico.
Con el alma desgarrada, las lágrimas rodando por sus mejillas curtidas y suplicando por la vida de su única sangre, Don Carlos hizo lo que cualquier padre desesperado haría. Cayó de rodillas sobre el pavimento sucio frente al hombre millonario.
«¡Por el amor de Cristo, de la Virgen y de Dios todopoderoso, se lo suplico, patrón!» lloró Don Carlos, levantando sus manos temblorosas y llenas de cicatrices hacia el hombre de traje. «¡Mi muchacho es un buen niño, es estudiante, no se mete en problemas! ¡Si le hizo algo a su auto, si lo ofendió en la calle, yo asumo toda la maldita culpa, cóbremelo a mí! ¡No le haga daño, por favor! ¡Llévese el carrito de tacos, llévese mis ahorros, llévese el tanque de gas, la plancha, agarre el dinero de la caja y máteme a mí si quiere, pero deje que mi muchacho se vaya! ¡Es todo lo que tengo en este maldito y triste mundo, señor, se lo ruego con mi sangre!»
El llanto del viejo taquero era tan profundo, tan genuino, tan cargado de una miseria dolorosa y de un amor incondicional, que partía el aire en pedazos. Miguel lloraba detrás de él, intentando inútilmente levantar a su padre del piso.
El hombre del traje azul a la medida se detuvo a escasos treinta centímetros de Don Carlos. La altura de su inmensa figura proyectaba una sombra oscura que cubría por completo al anciano arrodillado. Los dos guardias de seguridad se tensaron, listos para intervenir si su jefe daba la más mínima señal de ejecución.
El silencio fue absoluto. El humo del trompo de carne al pastor seguía subiendo hacia el cielo nocturno, pero nadie respiraba.
El millonario miró fijamente hacia abajo. Miró las manos nudosas, quemadas y llenas de callos del anciano que suplicaba. Luego, su mirada fría se desvió hacia el viejo y oxidado letrero de lámina del carrito, iluminado por un foco parpadeante, que decía en letras rojas casi borradas por el humo y los años: «Taquería El Buen Samaritano – Atendida por Carlos».
Y de pronto, algo completamente inexplicable, irreal, imposible y sobrenatural ocurrió en el rostro del frío, distante e intocable magnate de negocios.
La máscara de hielo siberiano, de crueldad corporativa y de superioridad aplastante se agrietó. Se rompió en mil millones de pedazos invisibles. Los músculos de su tensa mandíbula se relajaron. Sus ojos oscuros y profundos, acostumbrados a mirar pantallas de la bolsa de valores y a destruir vidas en juntas directivas, de repente, se llenaron de un brillo húmedo, cristalino y cargado de una emoción contenida tan vasta que amenazaba con ahogarlo.
El hombre de traje no dio una orden de ataque. No pateó al anciano. No sacó un arma.
Con un gesto sutil, pero innegablemente poderoso de su mano izquierda, ordenó a sus dos inmensos guardias de seguridad privada que retrocedieran cinco pasos hacia atrás y bajaran la guardia. El magnate soltó el pesado maletín de fibra de carbono, dejándolo reposar sobre la banqueta de cemento con un golpe seco.
Pero la majestuosa, emotiva, aplastante y legendaria lección de justicia implacable, de gratitud eterna, de karma absoluto y de poesía sumamente brillante y luminosa de aquella noche de humo y asfalto no iba a quedarse simplemente guardada en los rincones de esa sucia y olvidada avenida de la periferia.
El hombre de los millones, el titán de las sombras que acababa de descender de su ataúd de lujo, tenía una sorpresa final, monumental, hermosa, desgarradoramente humana, poética y magistral, preparada quirúrgicamente, con absoluta precisión, para ese exacto, irrepetible y microscópico instante del tiempo suspendido.
Y entonces, de pie en medio de la calle, rodeado por el ruido de la pobreza, con el padre arrodillado llorando a sus pies de charol y el hijo aterrorizado, frente al olor inconfundible de la carne asada al carbón que activaba su memoria más antigua…
El poderoso y misterioso hombre hizo algo que destrozaría, pulverizaría y borraría por completo, para siempre y sin un solo gramo de piedad, las mismísimas y sagradas leyes inmutables de la realidad física, del tiempo lineal, del espacio continuo y de la lógica racional de quienes observan el mundo y el internet en silencio desde la oscuridad.
El monólogo de la luz, la ruptura de la cuarta pared y el juicio de la gratitud
El hombre del traje a la medida no miró al asustado joven Miguel. No miró a su chofer, ni a sus guardias. Tampoco miró al pobre Don Carlos que seguía temblando en el suelo esperando el golpe fatal.
El magnate giró su hermoso y endurecido rostro, transmutado en una gratitud kármica absoluta y lleno de una determinación matemática, cálida, financiera y emocionalmente letal, muy, pero muy, inmensa y agónicamente despacio.
Lo hizo con una pausa deliberada, sumamente profunda, hipnótica, poética y cargada de una autoridad sobrenatural, divina y angelical al mismo tiempo. Una presencia aplastante y majestuosa que literalmente ponía de rodillas, aplastaba contra el piso y silenciaba al alma, al frágil ego vanidoso y a la consciencia misma de cualquier ser vivo que cometiera el fatídico e imperdonable error de cruzarse en su campo de visión.
Y miró directamente hacia adelante. Hacia el infinito de la avenida nocturna. Hacia el inmenso vacío invisible suspendido en el aire caliente, justo entre el humo del puesto de tacos y las luces brillantes de los faros de su Rolls-Royce.
O, mucho, pero muchísimo, inmensamente mejor dicho, miró directa, inquebrantable, hipnótica, agresiva y profundamente hacia ti.
Sí. Hacia la persona que está leyendo, devorando, imaginando y presenciando atónita, pasmada, emocionada y en profundo silencio esta monumental, épica, inmensa y hermosa historia de lealtad en este preciso, exacto, íntimo e irrepetible milisegundo de tu propia, frágil y finita existencia terrenal.
A través de la brillante, iluminada, fría y protectora pantalla de tu teléfono celular inteligente, de tu tablet o de la luz blanca de tu computadora portátil o de escritorio en la seguridad de tu hogar.
Rompiendo de un solo y brutal tajo, triturando, masacrando, desintegrando y destruyendo con una violencia cinematográfica absolutamente asombrosa, abrumadora, pesada e imparable la sagrada e intocable cuarta pared de nuestra dimensión y realidad física.
Lo hizo con una intensidad tan aplastante, brutal, inmensamente pesada y casi dolorosa físicamente que traspasaba la luz digital y los pixeles fríos de tu dispositivo para clavarse directamente, como gruesas agujas de luz incandescente y empatía absoluta, en tus retinas asombradas. En el lóbulo frontal de tu cerebro analítico, en tu torrente sanguíneo, en la boca de tu estómago formándote un nudo en la garganta, y en tus latidos cardíacos más acelerados por la emoción pura, la empatía y la fe restaurada en el género humano.
La iluminación completa de la sucia, gris y caótica avenida de la ciudad pareció cambiar de forma brusca, violenta, surrealista, artística y sobrenatural a su alrededor.
Las luces amarillentas de las farolas parpadeantes, los faros de los autobuses nocturnos, los letreros de neón baratos de los bares y las luces traseras del tráfico se apagaron repentinamente. Como si un eclipse selectivo, obediente y puramente táctico hubiera devorado, tragado y chupado toda la energía térmica y luminosa de la inmensa metrópolis entera en un solo, definitivo y aterrador segundo de ceguera total.
Y de la más absoluta, negra y profunda nada cósmica urbana, un inmenso y pesado halo de luz dramática, inmensamente cálida, dorada, brillante, de altísimo contraste fotográfico y llena de sombras largas, profundas y afiladas como navajas quirúrgicas de luz, bañó de forma cenital, perfecta y exclusiva la estoica, firme, hermosa y colosal figura del millonario, de pie junto a su maletín. Vestido con su traje de seda, pero portando en sus ojos la corona de la verdad absoluta, la memoria intacta y el poder infinito de la gratitud que no olvida.
Esa luz celestial, divina y reparadora proyectó una inmensa, oscura, gigantesca, alargada y protectora sombra negra a sus espaldas, que se arrastró como un inmenso ángel guardián, vivo, vengativo e inteligente. Y se extendió por el sucio y grasiento suelo de cemento, devorando por completo la oscuridad, el ruido del tráfico, el miedo, el terror de la calle y el protagonismo de los autos, envolviendo el carrito de tacos en un santuario inviolable.
La transformó, frente a tus propios, asustados y completamente atónitos ojos llenos de lágrimas que no pueden ni parpadear frente a la pantalla, en un emperador absoluto de la luz. En un juez intocable y supremo del universo moral, kármico y financiero. En un verdugo implacable, incorruptible y bondadoso de la indiferencia social, la pobreza, el abandono de los niños, el clasismo asqueroso, la avaricia y la cobarde ceguera de la élite intocable.
En el mismísimo San Miguel Arcángel terrenal encarnado, de pie a punto de agacharse para presenciar, con inmenso y profundo deleite amoroso, la hermosa y poéticamente justa sentencia de vida, salvación social, financiera y física sobre el hombre de manos quemadas que una vez le salvó la vida en ese mismo lugar.
El hombre del traje clavó sus ojos oscuros, profundísimos, inyectados en un fuego justiciero, volcánico, calculador, inmensamente amoroso, inmensamente sabio y purificador, en el centro exacto de tu propia consciencia, de tu alma frágil y de tu mente asombrada y cautiva por la narrativa.
«Ustedes,» dijo el verdadero, incuestionable, supremo y absoluto dueño del destino, de las finanzas, de la vida, de la muerte corporativa y de la inquebrantable brújula moral de ese imperio global de cristal y acero.
Su voz ya no sonaba distante, fría, calculadora, amenazante, frágil ni sumisa. Resonaba profunda, grave, inmensamente cálida, rasposa, humana y haciendo un eco atronador, dorado, pesado y ultrapoderoso directamente dentro de tu propia cabeza.
Resonando en tus frágiles tímpanos humanos como una advertencia inmemorial, pesada, eterna e ineludible, implantada a la fuerza y con fuego divino por los mismísimos arquitectos del karma universal, la justicia divina, la bondad pura y el destino humano implacable que a todos nos alcanza al final del camino para cobrarnos nuestras acciones.
«Ustedes que me están leyendo y observando fijamente ahora mismo, refugiados en el cómodo y cálido silencio total de sus habitaciones seguras, a salvo del hambre que muerde el estómago y de la fría calle. Cómodamente sentados o recostados en sus camas, después de haber cenado caliente, detrás del cristal iluminado, frágil y protector de las pantallas digitales de sus dispositivos modernos. Observando, desde el palco VIP de la vida, juzgando la pobreza a la distancia y sin mancharse las manos de grasa ni de tierra, el oscuro, denso y putrefacto abismo de la desigualdad pura, la miseria infantil, la indiferencia social imperdonable y la ceguera humana desmedida de quienes pasan al lado de un niño hambriento y giran la cabeza asqueados.»
«Sé perfecta, matemática, íntima y dolorosamente lo que están sintiendo, experimentando, imaginando y sufriendo en sus propias entrañas conmovidas en este mismo, exacto, tenso, emotivo y asfixiante segundo de sus frágiles vidas mortales.»
El titán justiciero de las finanzas no se agachó aún. Siguió de pie, en la oscuridad total de la inmensa avenida detenida. Iluminado única y exclusivamente por su propio reflector dramático y sobrenatural, sin apartar ni por un solo, microscópico e imperceptible milímetro la feroz, cálida e intimidante mirada de tus ojos llorosos a través de la pantalla invisible y fría. Mientras los estruendosos y monstruosos faros de su Rolls Royce iluminaban su espalda y proyectaban su inmensa sombra sobre la calle que lo vio sufrir de niño.
«Sienten, en lo más profundo, oscuro y primitivo de su humanidad, ese nudo asfixiante en la garganta, esa mezcla de asco crudo por el mundo, de compasión ardiente, de furia impotente y de emoción volcánica quemándoles el centro del estómago y subiendo por su pecho hasta los ojos como un río de lágrimas. Sienten la justicia pura, primitiva, animal, salvaje y sedienta de bondad latiendo con una fuerza desmedida, hermosa e incontrolable en sus sienes.»
«Al ver cómo este asquerosamente rico, todopoderoso, inalcanzable y misterioso hombre disfrazado con un costoso traje azul italiano. Este supuesto tirano de cristal y sus inmensos guardias armados de seguridad privada… bajan de un vehículo de millones de dólares, aterrorizando, humillando y empujando al borde del infarto a un pobre, humilde, trabajador y honesto padre de familia arrodillado en la grasa de la calle, que solo quiere proteger la vida de su hijo asustado.»
«Creen que este es otro caso más de abuso de poder. Creen que vengo a cobrar una deuda mafiosa, a extorsionarlo, a quemar su humilde carrito de acero inoxidable por no pagar piso o a aplastarlo como si fuera un simple y molesto insecto en el asfalto solo porque mi cuenta bancaria me da el falso derecho divino de jugar a ser el dueño de la vida, del oxígeno y de la dignidad de las personas pobres.»
«Sienten el repudio absoluto, el asco más visceral y la necesidad urgente de intervenir físicamente, de cruzar la pantalla a puñetazos y con extrema violencia para abrazar, proteger y levantar del suelo a este pobre anciano de manos quemadas, al ver cómo mi supuesta escoria humana, con caras de alta sociedad y corazones fríos, aterra, acorrala, maltrata y condena al terror psicológico más inhumano a un hombre que lleva treinta años picando cebolla y quemándose los pulmones con humo para darle una educación a su muchacho.»
«Arrojándolo a la desesperación sin la más mínima piedad, y con una presencia sádica, a las gélidas, peligrosas y oscuras profundidades del pánico de perderlo todo. Solo porque aparento ser el amo absoluto de la impunidad en esta ciudad de nadie, convencido de que mi dinero compra la sangre, el miedo y la vida de los que están debajo de mí en la cadena alimenticia del capitalismo salvaje.»
El guardián estoico de los secretos de la pobreza, del linaje de la gratitud eterna y de la justicia luminosa implacable dio un movimiento lento, fluido y majestuosamente coreografiado con su mano. Levantó su brazo libre, acariciando la fría superficie del reloj de platino en su muñeca, con una calma aterradora, cálida, inmensamente calculadora, superior y puramente sanadora.
Y señalándote directamente a la cara con su dedo índice de manera solemne, acusatoria, hipnótica y espeluznante. Mientras, a sus espaldas, completamente fuera del haz de luz brillante, congelados en el tiempo, en el espacio y en la oscuridad más absoluta de la calle herméticamente sellada por el aura del momento, Don Carlos seguía llorando con las manos juntas temblando en el suelo, y el joven Miguel palidecía abrazado a la espalda de su padre, sintiendo que el aire se les escapaba de los pulmones al ver al inmenso magnate levantar la mano.
Preparando en un silencio mortal, asfixiante y definitivo, su hermoso desenlace y su propia, merecida, sádica, divina y multimillonaria forma de justicia privada e inapelable que cambiaría la historia de esa calle para siempre.
«Vivimos en una sociedad asquerosamente hipócrita, ciega, sorda, enferma de apariencias de éxito, de influencers vacíos, devorada hasta el hueso por el asqueroso, nauseabundo afán del estatus fácil, del dinero sucio y absolutamente podrida hasta los mismísimos y fétidos cimientos de su alma materialista, egocéntrica y profundamente individualista e ingrata.»
«Un mundo cruel, sádico, desigual y patético que nos enseña diariamente, a través de pantallas brillantes, con una estupidez monumental, perversa e imperdonable, a ignorar, despreciar, pasar de largo y asquearnos de la miseria humana que duerme en nuestros propios callejones y banquetas. A idolatrar como deidades intocables de oro a los banqueros, a seguir, envidiar y aplaudir a los multimillonarios en las revistas, ignorando deliberadamente que muchos de esos hombres de traje impecable olvidan de dónde vienen, pisotean a los que están abajo y cierran las ventanas blindadas de sus autos de lujo para no escuchar los gritos de los niños hambrientos, sucios y descalzos que piden una maldita moneda para comer en los semáforos rojos.»
«Y a reverenciar sucia y cobardemente la inmensa cuenta bancaria, la posición social y los apellidos importantes de los ricos, importando un reverendo comino sobre cuántas almas bondadosas cruzaron su camino, cuántas manos anónimas los ayudaron a subir, y cuánto dolor y miseria ignoraron para mantener intacto su olimpo de cristal intocable.»
«Asumiendo ciegamente, bajo la asquerosa, venenosa y estructurada cultura del clasismo elitista y el privilegio ciego, que nosotros… los hombres de poder, los dueños de los corporativos, los que viajamos en helicóptero y cerramos avenidas con nuestras escoltas armadas… somos máquinas sin corazón, sin memoria, sin pasado, sin cicatrices y sin alma. Adornos vacíos comprados con millones de dólares que no tienen piedad.»
«Que somos simples seres estúpidos, de bajo coeficiente de inteligencia emocional, que no recordamos los rostros, que no tenemos gratitud, que no tenemos un código de honor inquebrantable forjado en el barro, que no tenemos la dignidad humana que defender ni la fuerza y la memoria de elefante para regresar veinte años después, con la fuerza de un huracán financiero, a pagar nuestras deudas morales, de sangre y de lágrimas con la furia de mil soles brillantes.»
«Que somos simple y llana escoria humana con dinero, objetos de un solo uso que solo sabemos arrojar al suelo, humillar, golpear, callar, amenazar, arruinar, expropiar y aplastar con la pesada bota de nuestra chequera inagotable. Asumiendo cínicamente que no habrá absolutamente ninguna… pero absolutamente ninguna consecuencia maravillosa, luminosa, apocalíptica, hermosa o kármica en el futuro de quienes, riendo en sus oficinas de mármol, fuimos salvados de la muerte segura en las calles por el plato de comida caliente de un ángel disfrazado de vendedor ambulante.»
El magnate de traje azul, el huérfano coronado, sonrió levemente en la abrumadora, densa y teatral oscuridad del reflector. No fue, bajo ningún concepto o estándar de la moralidad humana, una sonrisa de hombre despiadado, de tristeza profunda, de lástima condescendiente, de superioridad asquerosa, de perdón cristiano hacia sus enemigos, ni de diversión sádica por el miedo que causaba en los pobres.
Fue una sonrisa puramente pura, majestuosa, inmensamente luminosa, profundamente agradecida, retorcida en su perfección absoluta y matemática de años de espera. Y llena a rebosar de una profunda, aplastante, hermosa, sanadora y letal justicia kármica sedienta de recompensar, de curar heridas, de pagar deudas sagradas y de repartir la riqueza ganada.
Una sonrisa tan hermosa, humana, divina, abrumadora y macabramente bella que te descongelaría por completo, y en una sola fracción de milisegundo, toda la espesa y fría sangre en las venas de tu cuerpo. Detendría de golpe, como un abrazo cálido, protector y gigantesco, el latido de tu corazón por un instante maravilloso. Llenaría tus pulmones de un aire nuevo y limpio impidiéndote respirar por la emoción pura, y haría que se te erizara violenta, emotiva e instintivamente hasta el último, microscópico y minúsculo centímetro de piel en tu frágil, lloroso y seguro cuerpo mortal frente a la brillante pantalla.
«Este mundo farsante, acomplejado, ciego de compasión, tirano de oficina e ignorante de la verdadera riqueza del alma y del espíritu humano… Este asqueroso sistema capitalista de mentes cerradas, mantenido por la codicia y la avaricia de hombres de plástico, trajes impecables y corazones de piedra pómez… creyó ciegamente en su estupidez monumental y en su ego desmedido, inflado y sostenido artificialmente por las cuentas bancarias de paraísos fiscales.»
«Creyó que un hombre que creció en las calles, comiendo sobras de los basureros, durmiendo bajo puentes helados y siendo pateado por la policía, olvidaría de dónde viene al probar el sabor del caviar y el poder ilimitado. Creyó que mi éxito, mi fortuna incalculable, mis millones de dólares en la bolsa de valores y mi poder absoluto y hermético borrarían de mi disco duro, de mi ADN, de mi vida y de mis recuerdos la cara exacta, el tono de voz, el olor a carne asada y la sonrisa cansada del único maldito hombre en toda esta inmensa y despiadada ciudad que, hace veinte malditos y lluviosos años, se apiadó de un niño huérfano de siete años que estaba temblando, empapado, descalzo, al borde de la muerte por inanición y el frío invierno, tirado como una bolsa de basura en la banqueta junto a este mismo carrito de acero…»
«Creyó firmemente, y con una arrogancia, estupidez y soberbia desmedida y completamente ciega en su diminuto, plástico y retorcido cerebro de reptil ambicioso sin alma de la sociedad, que los niños pobres, invisibles y hambrientos que son ayudados, alimentados con un plato de tacos calientes, abrigados con un delantal viejo y salvados de morir en el asfalto en los peores rincones de la metrópolis por un completo y humilde desconocido, simplemente se rinden, crecen, sobreviven, se olvidan del pasado, agachan la cabeza, ganan dinero, se vuelven egoístas, lloran su desgracia en silencio y expiran de avaricia sin mirar atrás ni pagar sus favores.»
«Que se pudren en silencio devorados por el éxito y la amnesia por la sociedad de cristal sin que a nadie le importe un maldito comino quién los ayudó a subir los escalones. Que desaparecen de la faz del barrio pobre, de la lealtad y de la gratitud para siempre como polvo sin valor en el viento, y que se tragan sus deudas de sangre, los favores sagrados, las promesas hechas de niño llorando en la oscuridad de los callejones ricos directo al fondo de su alma vacía. Sin atreverse a reaccionar jamás, sin atreverse a buscar, sin atreverse a contratar a docenas de investigadores privados durante años, sin atreverse a hacer una sola orden letal, inmensa, multimillonaria y absoluta a su propio banco suizo.»
«Una orden que destruya, aniquile y haga arder imperios enteros de pobreza, que borre deudas, que compre vidas enteras en cuestión de cinco malditos, hermosos y agonizantes minutos de milagro y llanto.»
La mirada del apuesto joven millonario y ex niño de la calle se volvió absolutamente penetrante, magnética, abisal, creadora y omnipotente. Cálida y profunda como el mismísimo fondo de un océano infinito plagado de estrellas esperando ser liberadas, inmensamente hermosa, cortando de un solo tajo invisible, afilado, dulce e innegable como un rayo de sol todo el oxígeno del aire a tu alrededor en tu propia, segura y silenciosa habitación. Cruzando violenta, cálida, reparadora y sin permiso la barrera electromagnética y el cristal templado de tu dispositivo digital.
Una mirada inmensamente poderosa diseñada, patentada, forjada y esculpida arquitectónicamente por los mismísimos ángeles del cielo para darte, a ti y al mundo entero que ha perdido la fe, una última, profunda, maravillosísima, poética, letal y devastadora lección sagrada de poder absoluto, infinito, kármico y terrenal sobre cómo se usa realmente el dinero en este planeta. De paciencia táctica milimétrica inquebrantable de años de búsqueda, de cálculo matemático de interés compuesto de gratitud, y de estricta, sangrienta, fría, pura y cruda supervivencia humana en el oscuro, sucio, machista, despiadado y perverso juego de la pobreza urbana, donde solo los verdaderos hombres y mujeres nobles, los más fuertes de espíritu y los más agradecidos, sobreviven para pagar el cuádruple de lo que recibieron y cambiar la historia.
«Pero permítanme revelarles a absolutamente todos ustedes, en este mismo y solemne momento, sin asquerosos filtros, sin maquillaje, sin ruedas de prensa y sin censuras de ninguna estúpida red social, y enseñarles hoy la verdadera regla de oro. La ley universal de la vida y el universo, la cadena trófica de la bondad, la norma de fuego más antigua, inquebrantable, milenaria, hermosa, mortífera, implacable, leal e infalible de todo este maldito, infinito, oscuro, injusto y cruel planeta tierra de miserias. Escuchen bien. Abran muy, pero muy, muy bien sus oídos humanos y su corazón cerrado ahora mismo. Dejen de respirar un maldito, largo y doloroso segundo para asimilarlo por completo en sus cerebros oxidados, para que se grabe a fuego eterno, doloroso, brillante e imborrable en sus asustadas y frágiles almas.»
«Abran la mente de par en par y grábense, tallen con luz y lágrimas este mandamiento de fuego purificador en la corteza cerebral de sus mentes débiles, en sus peores pesadillas nocturnas donde caen al vacío de la desesperanza y en la memoria celular y genética de su descendencia hasta el último y agónico día de su propia, insignificante, minúscula y dolorosa muerte terrenal.»
«Nunca, jamás en tu asquerosa, rápida y egoísta existencia, pero escúchenme, grábenselo con letras de oro macizo ardiente, diamantes pulidos y sangre fresca e hirviente, y entiéndanlo muy bien para que nunca cometan el error de ignorar a un alma rota… NUNCA, bajo ninguna maldita, concebible, estúpida, desesperada, machista, arrogante, narcisista e hipotética circunstancia del universo infinito y en expansión, creas que un simple, asqueroso y grasiento plato de tacos de carne asada regalado de madrugada a un niño moribundo, sucio y llorando en la esquina de tu calle…»
«Es una simple pérdida de dinero en tu negocio, un desperdicio de comida o un acto de caridad pasajero, invisible y olvidado en el basurero de la historia, creyéndote el maldito salvador inútil e impotente de un mundo roto e ingrato donde nadie agradece nada…»
«Y cometas el estúpido, garrafal, monumental, infantil, imbécil, arrogante, suicida, apocalíptico e imperdonable error táctico de ignorancia cruda de olvidar que el universo tiene una memoria fotográfica absoluta y una contabilidad perfecta y letal, subestimando la inteligencia, el hambre de triunfo, asumiendo la debilidad eterna del niño y dándole la espalda al futuro mientras él crece en las sombras con la mente de un genio y la ambición de un emperador romano…»
«Si no te has tomado primero, y obligatoriamente por la pura ley del karma y de tu propia supervivencia futura, la bendita, neurótica, maravillosa, paranoica, investigativa y minuciosa molestia de entender a fondo cómo funciona el interés compuesto de la lealtad. De rastrear el origen de la grandeza en el barro de las calles. Y asegurarte perfecta, matemática, legal y exhaustivamente de que el niño sucio, andrajoso y esquelético de la calle al que acabas de salvar la vida y alimentar con tus propias manos cansadas…»
«No se convierta, en la realidad más brillante, sorprendente, fría y cruda… EN EL MISMÍSIMO, ÚNICO Y ABSOLUTO TITÁN CORPORATIVO, DEPREDADOR, MAGNATE MILITAR, DUEÑO DE BANCOS Y EL MULTIMILLONARIO CEO MÁS OSCURO, PODEROSO, INALCANZABLE, AGRADECIDO, LETAL E INTOCABLE DE TODO EL CONTINENTE ENTERO Y EL MUNDO. Un hombre bestial, temido por gobiernos y mercados bursátiles, forjado en la guerra, el hambre y la sangre de los barrios bajos, que no perdona a sus enemigos, pero que jamás, nunca en su perra y asombrosa vida, olvida a sus salvadores.»
«Un hombre que no dialoga con su chequera, que no escatima en gastos, y que está absoluta, loca y firmemente dispuesto a quemar su fortuna entera, a pulverizar bancos, a movilizar ejércitos de abogados, rastreadores y escoltas, y a soportar lo que sea, viajando a la velocidad de la luz en su convoy de Rolls-Royce blindados, única, exclusiva y puramente alimentado por el fuego de la gratitud pura, la adrenalina filial, y por la sagrada, jurada y eterna promesa inquebrantable de encontrar a ese viejo vendedor de tacos, levantar a su hijo del suelo, y ahogarlos en una montaña de millones de dólares en efectivo.»
«Un monstruo de acero forjado a fuego lento en la miseria que no responde con tarjetas de agradecimiento baratas de papel reciclado ni propinas de cien pesos. Que responde ordenando a su equipo de inteligencia, después de buscarlo durante cinco malditos años por toda la ciudad, ubicar su posición exacta por GPS. Que ordena un convoy de cinco autos de hiperlujo blindados de asalto pesado que ahora mismo están cerrando la avenida entera en ambas direcciones, deteniendo el tráfico, a los autobuses, a la policía y al mundo entero con fuerza bestial, bruta, financiera y destructiva.»
«Entrando por la fuerza armada, con los faros encendidos, en la noche exacta, milimétrica y matemáticamente perfecta de la peor crisis económica del anciano, para estacionarse con lujo, descender con guardias de seguridad armados, escupir la verdad de la riqueza y el agradecimiento directamente en la cara atónita, pálida y sudorosa de él, mi padre adoptivo en el alma, y de su asustado hijo Miguel, que no entiende que su vida de pobreza acaba de terminar hace exactamente cinco minutos.»
«Y destruir por completo, pulverizar hasta los cimientos con una sola orden, todo tu patético, frágil e inmenso teatro de pobreza, deudas, sufrimiento, quemaduras de aceite, madrugadas frías, rentas atrasadas, angustia por la universidad de tu hijo y falsedades del sistema capitalista, hasta convertirlo irrevocablemente en cenizas, recuerdos, cuentas bancarias en Suiza con siete ceros, llaves de propiedades exclusivas, mansiones con alberca y lágrimas de felicidad esparcidas frente a tus propios, cansados, nobles y estúpidamente buenos ojos aterrorizados, desorbitados y llenos de lágrimas de pánico absoluto y terror mortal al no entender por qué el diablo millonario en persona acaba de arrodillarse frente a ti en la grasa de la calle para besarte las manos con devoción.»
El magnate de traje azul, Elías, el niño de la calle, se inclinó muy, muy lentamente, arrodillándose él mismo de forma deliberada, firme, humilde y solemne sobre el frío, grasiento y sucio suelo del pavimento oscuro y lúgubre de la avenida urbana, ignorando la suciedad que manchaba la tela de quince mil dólares de sus rodillas. Ignorando su estatus de poder intocable, inflando el pecho herido por el recuerdo del hambre, irradiando una autoridad física, espiritual, moral, financiera, genética y kármica que literalmente aplastaba, asfixiaba, iluminaba, curaba y pulverizaba el alma, la miseria del papel moneda y todo el oxígeno de la inmensa calle sellada desde afuera por su convoy y sus inmensos escoltas.
Levantó su inmenso marco y su rostro curtido contra la luz dramática, blanca, cenital y teatral de los potentes faros LED del Rolls-Royce que lo bañaban de forma exclusiva desde atrás como a un ser divino, un ángel de la riqueza y de pura bondad kármica. Su sola presencia de hombre guapo y multimillonario con el traje manchado era ahora un inmenso, gigantesco sol cegador supermasivo, aterrador, infinito y voraz que devoraba, chupaba, curaba y aniquilaba sin esfuerzo toda la arrogancia, todo el miedo obsceno a los bancos, las deudas impagables de la familia, las noches sin dormir por el dinero, y toda la maldad petulante, clasista y cobarde de la vida callejera arrinconada en su propia miseria y del terror de Don Carlos, ambos, padre e hijo, temblando incontrolablemente como hojas al viento huracanado sin entender nada, esperando el golpe de la mafia.
«Porque el poderoso, implacable, infalible, monstruoso y absoluto karma, señoras y señores de doble moral que miran la pantalla llorando en silencio cómplice, no es una simple, estúpida, poética y etérea fuerza invisible, estática y cósmica del universo benevolente y justiciero o destructivo.»
«No es una absurda, hippy y estúpida vibración kármica new-age que se equilibra misteriosa, mágica y lentamente con buenas intenciones, meditación, paciencia y energías positivas mandadas al universo en oraciones silenciosas para ganar la lotería.»
«Ni mucho menos, por el amor de Dios, es un patético, falso, estúpido, cobarde y tranquilizador cuento místico de hadas de libros de autoayuda que los débiles de mente, los oprimidos sistemáticamente, los cobardes, los pobres y los perdedores crónicos inventaron de la nada para poder consolarse a sí mismos, engañarse en las frías y dolorosas noches de invierno y llorar su inmensa impotencia, su pasividad y su cobardía frente a la riqueza inalcanzable, el abuso doméstico, la falta de oportunidades y la asquerosa impunidad ajena de los que tienen el poder de los bancos.»
«A veces, entiendan esto muy bien y clávenlo en su cabeza. A veces, el karma supremo, violento, físico, abrumador y terrenal tiene el cabello peinado hacia atrás, huele a perfume francés, cicatrices antiguas de hambre en el estómago, usa trajes de cien mil dólares, zapatos de piel de cocodrilo y viaja rodeado de un ejército privado de diez mercenarios armados hasta los malditos dientes que no hacen preguntas y solo disparan a matar o abren puertas de lujo a los elegidos. A veces, el karma no es una energía invisible, es una persona real, de carne, hueso y millones, con nombre y apellido en la portada de Forbes, que huele fuertemente a poder absoluto, a asfalto de pista de aterrizaje privado, a bondad brutal, a sangre derramada en negocios y a poder ilimitado y monstruoso.»
«Y que conoce absolutamente, de memoria perfecta, fotográfica, obsesiva y clínica, gracias a su inmenso servicio de inteligencia satelital privada, los rostros, los nombres, las calles, el sabor exacto de la salsa roja, el dolor, los sueños frustrados, las cuentas por pagar de la universidad y las direcciones de las casas humildes de la familia entera del único y maravilloso hombre bendito que se atrevió a tocarle el hombro, abrazarle el alma herida y darle de comer de su propio plato sagrado al niño andrajoso y moribundo que él mismo era hace dos décadas.»
«A veces, el verdadero, físico, hermoso, colosal y violento karma implacable disfrazado de magnate y salvador enfurecido de amor decide simplemente bajarse de su auto blindado de veinte toneladas de peso. Burlar, desarmar y someter con suma, incomprensible, brutal y abrumadora facilidad y riqueza extrema a todos sus demonios del pasado, rompiendo los esquemas de la alta sociedad a la que ahora pertenece. Abrir de un solo golpe sordo, tecnológico y primitivo los seguros de su maletín de fibra de carbono en el momento exacto, perfecto y definitivo…»
«Única, sagrada, violenta y exclusivamente para interponerse de manera física, brutal, protectora, inmensamente millonaria e inmoladora, entre la inútil, estúpida y trágica presencia de la pobreza asfixiante de su amado salvador y el fracaso. Y ver, con un éxtasis sádicamente hermoso, sangriento de felicidad e indescriptible, con sus propios, despiadados, tiernos, oscuros y penetrantes ojos de titán emocionado y profundamente agradecido, cómo la perfecta, costosa y frágil máscara de terror, pobreza heredada, prepotencia de las deudas, carencias y miedo al futuro del taquero viejo, y de su asustado hijo cómplice de la pobreza, se derrite por completo, se evapora como humo de carbón y se hace polvo de diamantes frente a la verdadera salvación.»
«Se cae a asquerosos y humillantes pedazos irreparables de llanto de incredulidad y pánico de alegría, y se pulveriza, se hace trizas de papel moneda para siempre frente a la furia indomable, brutal, salvaje y absolutamente letal de un inmenso y colosal huérfano de la guerra callejera. Un hombre forjado en sangre, que acaba de llegar, que acaba de abrir su maletín, que acaba de comprar la maldita calle entera con una llamada, y que ha llegado para demostrar, en carne viva, con el corazón caliente y destrozado de amor frente a todos, que el que se atreve a tocar, alimentar, abrazar, proteger y levantar del piso a un niño hambriento de su imperio futuro, cava su propia, profunda, ineludible y dorada bóveda bancaria de tesoros en esta misma tierra, y se condena y se sentencia a sí mismo a una vida tan inmensa, rica, libre de preocupaciones, rodeado de lujos, médicos privados y mansiones, que rogará a gritos por entender tanta misericordia de un destino que no parará de lloverle oro hasta el final de sus días en paz.»
El joven y hermoso magnate, el heredero del asfalto y el imperio global, el inmenso ángel salvador disfrazado majestuosamente de frialdad y poder ciego, continuó su brutal, destructivo, amoroso, arrollador y épico discurso. Su sentencia ineludible, final, jubilosa y asoladora, manteniendo en todo momento, de forma obsesiva, psicópata de amor y sin parpadear un solo, mísero milisegundo humano o derramar una lágrima, el contacto visual directo, hipnótico, inquebrantable, inmensamente oscuro, profundamente cálido y perforador contigo a través de la brillante, fría y plana pantalla de cristal de tu dispositivo.
Mientras tanto, el asqueroso mundo de pobreza de asfalto a sus espaldas, la calle de la clase obrera y los taxis viejos, seguía congelado en un cuadro de terror asfixiante, ensordecedor, triste e insoportable. Pero a punto de estallar violentamente en mil pedazos de escombros de oro macizo, billetes verdes y sonrisas, esperando, temblando, el desenlace mortal, sádico de amor, apocalíptico e inevitable de la monumental llegada de la recompensa pura, armada, multimillonaria y definitiva.
«Y escuchen, memoricen, graben en fuego hirviente en sus mentes y entiendan muy, pero muy, supremamente bien esto, simples mortales de carne, hueso, pecado, complejos, pobreza y deudas en el banco. Cuando el destino universal, cuando la rueda kármica de la luz, diseñada, planeada arquitectónicamente con malicia divina y manejada de forma directa, firme y manual por la inmensa, pura, ardiente, oscura e inagotable sed de venganza de amor, justicia y lealtad de sangre de mi propia memoria perfecta y mi verdad absoluta…»
«Decide darte, por fin, sin demoras burocráticas, sin sorteos de lotería, sin fraudes y sin abogados mediadores de testamentos, la lección más aplastante, constructiva, brutal, espeluznante, hermosa, mortal, demente y definitiva de tu patética, heroica, vacía, trabajadora, violenta, noble y sacrificada existencia humana llena de lujos inmerecidos que ahora mereces…»
«No lo hace enviando de manera educada, civilizada, tibia y protocolar a los asistentes de mi fundación benéfica a la puerta principal de tu inmenso y humilde carrito de tacos de lámina, con un cheque amigable de cien dólares y una despensa barata para la foto de relaciones públicas y un estúpido problema de relaciones públicas corporativas. Leyéndote tranquilamente una carta de agradecimiento escrita por una secretaria para que vayas, cómodo, peinado, perfumado y maquiavélicamente a llorar a la iglesia agradeciendo las migajas. A mentir ante el mundo de que los ricos son buenos, a pagar tus deuditas y a salir libre de deudas en 24 miserables horas con abogados baratos. Un cheque ridículo pagado precisamente y de forma cínica con las sobras de las cuentas del hombre magnate que yo soy.»
El jaque mate definitivo, el maletín de cristal y el asfixiante, hermoso, ciego, retorcido y brutal banquete del castigo de luz del hijo adoptivo
«A veces,» prosiguió Elías, aún de rodillas en el asfalto, abriendo los pestillos de acero de su maletín, con una voz que ahora era el mismísimo, profundo y colosal retumbo cataclísmico de un trueno profundo de gloria a punto de causar un terremoto que partiría la tierra de la pobreza en dos mitades rebosantes de oro y en llamas de esperanza, «El destino oscuro, luminoso, letal y el karma supremo encarnado en mi propia sangre y billetera deciden aislarte violenta, repentina y físicamente de la pobreza del mundo de los deudores, de las carencias y de la sombra de la muerte en el barrio. Encerrarte en tu propia riqueza, acorralarte bajo múltiples y pesadas montañas de billetes de cien dólares, oro y escrituras en tu propio e inmenso asombro, completamente aislado acústica y visualmente de tu antigua vida miserable, donde absolutamente nadie, ningún banco, prestamista o vecino en el maldito mundo te escuchará quejarte nunca más ni pedirá tus patéticos, arrastrados y asquerosos ruegos por un préstamo.»
«Te dejan llorar a todo pulmón de asombro puro, rasgando tus cuerdas vocales, suplicando de rodillas en el piso de la calle y llorando sangre y lágrimas de alegría por tu nueva, increíble, absurda, excesiva, machista, obscena y asquerosa vida de lujo que no te crees ni tú mismo en sueños. Te dejan llorar abundantes lágrimas de terror puro, orinarte en tus viejos y sucios pantalones de taquero y manchar tu hermoso delantal roto de algodón. Te dejan sentirte, a ti y a tu muchacho estudiante, minúsculos, pequeños, frágiles, inútiles, estúpidos, completamente en shock, despojados al instante de tu falsa humildad, de tus carencias y de tu miedo al mañana. Acorralados como unas asquerosas ratas asustadas en una trampa de acero, oro macizo y trituradora de deudas, y completamente aterrorizados frente a tu doloroso, físico, mental, excesivo y lento baño de abundancia inminente que se acerca a cada segundo de mis escoltas abriendo las puertas de los autos blindados llenos de efectivo.»
«Intentando usar inútilmente, y de forma patética, humillante y vergonzosa, tus falsas palabras de ‘no es necesario, joven, no se moleste’, tus disculpas baratas de hombre humilde, tus justificaciones absurdas de que ‘yo lo hice de corazón, no por dinero’ y tus histéricos gritos de negación que ya absolutamente nadie, pero absolutamente nadie en esta calle sellada por matones con trajes, ni Dios mismo en los altos cielos ni los santos, cree, escucha, atiende, le importa o acepta como respuesta jamás en la historia del universo.»
«Y te dejan comprender firme, lenta, tortuosa y dolorosamente feliz, en medio del pánico más asfixiante, sudoroso, hermoso, primitivo y brillante que jamás hayas sentido en tus miserables entrañas de clase baja. Por cinco patéticos, miserables, dolorosos, gozosos, agónicos y eternos minutos de agonía mental, sobrecarga sensorial y sudor frío que congela y coagula la sangre de las venas, que tu cerebro no procesa tanta maldita información y cifras con ceros… que tu reinado de terror psicológico, de deudas de plástico barato, pobreza y sufrimiento sobre tu vida, ha terminado para siempre, radical, nuclear y absolutamente, en esta bendita tierra.»
«Que has ganado, en un solo, ridículo, estúpido, compasivo y minúsculo segundo de descuido al haberme regalado aquel puto taco hace veinte años… absolutamente todo un inmenso imperio heredado y regalado en vida, una empresa fantasma a tu nombre, dinero manchado, blanco y limpio, acciones bursátiles intocables, una reputación que será inalcanzable mañana, tu falsa modestia destrozada, tus rodillas que serán operadas en Houston, y tu vida misma, libre, de millonario de la noche a la mañana, viajando por el mundo y miserablemente aburrido de no tener nada de qué preocuparte…»
«Solo para poder esperar, en un éxtasis macabro de agradecimiento y amor incondicional y vengativo contra la miseria, el golpe de gracia físico, monetario y final de mi jugada maestra. Esperar de rodillas, en la penumbra iluminada de los faros, observando con una paciencia infinita, fría como el glaciar más antiguo y oscuro del mundo, psicópata, hermosamente sádica y milimétricamente calculadora de mi fortuna personal. El momento exacto, irrepetible, teatral y sumamente, exquisitamente perfecto en el que abro por completo la maldita caja de Pandora metálica que traje en mis manos.»
«Y el inmenso, gigantesco e intocable magnate militar y financiero que es el niño andrajoso al que le diste de comer. El monstruo multimillonario al que subestimaste sin saberlo, al que curaste, alimentaste en tu bondad y al que salvaste la maldita vida hace unas míseras, lejanas y estúpidas dos décadas, creyéndote un simple peón de Dios… se arrodilla pesada y letalmente por el suelo sucio, en un silencio absoluto, mortal, ensordecedor y aterrorizante. Flanqueado por hombres armados con fusiles de asalto, abriendo un maletín de fibra de carbono frente a ti, en tu extremo de la sucia banqueta grasienta y ensangrentada por tu propio esfuerzo de treinta años…»
«Para poder yo ver de cerca, en primerísima fila VIP de tu propia alma, con lujo de detalles crudos en ultra alta definición ocular, disfrutar, gozar, sonreír, llorar por dentro y saborear como el más dulce, embriagador y delicioso manjar de los dioses del olimpo cada gota de terror, asombro y felicidad profunda, física y mental tuya y de tu hijo. Mientras yo, el verdugo de la pobreza vestido de traje italiano azul medianoche impecable, el hombre de las finanzas forjado de hierro y rabia contenida, tomo firme y violentamente, con mis enormes manos que han aplastado imperios y firmado despidos masivos, el inmenso, pesado y brillante maletín lleno con TRES MALDITOS MILLONES DE DÓLARES EN EFECTIVO, en billetes de cien impolutos y sellados por el banco central.»
«Levantando mi rostro del suelo, sin la más mínima, microscópica delicadeza ni piedad cristiana de esconder la fortuna, observando el terror y la ceguera de la riqueza extrema golpear tus ojos nobles, puros y cobardes de hombre bueno que por primera vez en su maldita y miserable vida de esclavo obrero enfrenta a la verdadera, abrumadora e infinita riqueza de los reyes del mundo.»
«Y frente a mis propios, vengativos, satisfechos, empapados de amor y profundamente agradecidos ojos secos de lágrimas, revelo, anuncio y ejecuto la orden ineludible, para destrucción total de tus deudas, colapso mental absoluto de tu cerebro humilde, locura transitoria, infarto de alegría y agonía física inminente, brutal y sumamente dolorosa y hermosa de tu cuerpo cansado, tu carrito de lámina y tu frágil ego de hombre proveedor de plástico…»
«Que en esta maldita, oscura, sangrienta y sagrada vida de perros y lobos, el engaño vil, la pobreza heredada, el abuso físico de las calles de un sistema opresor, el maltrato cobarde del gobierno y la traición imperdonable hacia el esfuerzo de los hombres buenos…»
«Se paga, se cura, se erradica y se extermina pura, exclusiva y únicamente con mi propio dinero oscuro y blanco, con tu riqueza absoluta, prolongada y eterna, curación en los mejores hospitales, huesos reparados y bajo la ineludible, cruel, asfixiante, primitiva, divina, militar y diabólica ley del amor absoluto, la gratitud mafiosa y el talión del bien que rige a los verdaderos, únicos e intocables hombres más peligrosos, implacables, ricos y sanguinariamente leales, de este asqueroso y hermoso mundo.»
El joven y hermoso magnate justiciero de las sombras del pasado, el hombre empoderado y emperador de la destrucción de la pobreza, arrodillado aún y disfrazado de deidad intocable en el suelo manchado de grasa, te guiñó un ojo a través de la pantalla invisible con una paz letal, luminosa, inmensamente sádica, hipnótica, feliz y profundamente aterradora.
Una simple, hermosa, cálida y fría mirada que irradiaba un poder de creación, destrucción de la miseria, caos de riqueza absoluta, fuego cruzado de billetes y venganza divina, benévola e infernal que absolutamente nadie en el banco central, ningún juez de paz supremo de la corte, ninguna ley de impuestos del gobierno, constitución de la república o estatuto escrito en el corrupto mundo de los hombres grises, podría detener, confiscar, evitar, interrumpir ni revocar jamás en la eternidad del cosmos y del universo en expansión de las finanzas y los milagros.
«Y demostrarte, viejo amigo, de la forma más aplastante, sádica, física, hermosa, poética, monetaria y dolorosamente apoteósica posible, que el verdadero, humillante, brutal, asfixiante, sangriento, jubiloso y definitivo final mortal, oscuro y agónico de tu patética, falsa, triste y asustada vida de taquero pobre y perseguido en esta noche de humo, sudor y grasa de cerdo, no es, ni será jamás hasta que el sol se apague, el de la miseria, el de ser golpeado por mafiosos o el del hombre derrotado, humillado y robado al que subestimaste en ti mismo y tiraste al piso en tu gigantesca, estúpida e infinita ignorancia de creer que Dios y yo te habíamos abandonado a tu suerte de perro.»
«Es pura, innegable y exclusivamente el comienzo, mi querido, hermoso, noble, cobarde, anciano y sumamente estúpido Don Carlos. El tuyo, el de tu amado hijo Miguel que será el próximo dueño de mis empresas porque le pagaré Harvard entero mañana mismo. El de los dos. Y el ineludible, oscuro, asfixiante, violento, doloroso, brillante, ciego, aterrador y hermoso banquete de la abundancia del mismísimo diablo de la piedad y la riqueza en persona, que acaba de comenzar ahora mismo. En este estúpido segundo de terror y gloria, con tu obligada, suplicante, millonaria, forzada y patética entrada triunfal forzosa como dueño, señor, plato principal y único emperador del menú de la salvación total, absoluta y demente que yo, el niño muerto de hambre que salvaste, ha traído cocinada a fuego lento durante veinte años para la puta y gloriosa cena.»
«No parpadeen por nada del maldito, asqueroso y bello mundo, amigos míos, silenciosos espectadores de la verdad oculta que observan mis acciones. No se atrevan a mover un solo músculo cobarde, un solo nervio de su frágil y asustado cuerpo ahora mismo en sus cómodas sillas. No dejen que sus atónitos, morbosos, asustados, emocionados, llorosos y asombrados ojos se aparten de esta brillante pantalla digital, ni por un solo y diminuto, estúpido, microscópico y patético segundo de este inminente, brutal, sanador y sangriento clímax absoluto de amor que han estado esperando con tantas ansias, lágrimas, rabia contenida y el corazón palpitando a punto de explotar en la garganta.»
«Observen atenta, enferma, poética y maravillosamente cómo el inmenso, pesado, oscuro, dorado y sangriento tablero de ajedrez kármico, militar y financiero da su vuelta final. Su giro de ciento ochenta grados. Perfecto, implacable, asombrosamente sádico, hermoso y magistral en esta calle periférica, sucia y herméticamente cerrada al tráfico al que nadie vendrá a interrumpir la coronación del mendigo convertido en rey por el rey que antes fue mendigo.»
«Observen con absoluto deleite, sed de venganza bondadosa, fascinación y locura cómo la justicia divina en su estado más puro, concentrado, violento y terrenal obliga al falso, pobre, cobarde, abusado y asustado rey de la lámina vieja, al altivo pero derrotado padre humillado y a su hijo estudiante, a arrodillarse suplicando clemencia, perdón, que detenga esto y vida, sobre los billetes de cien dólares, el asfalto frío, y los cristales de su propia pobreza rota.»
«Completamente destruidos emocional y psicológicamente, temblando de pánico incontrolable y animal ante lo desconocido. Aterrorizados de la muerte de su antigua vida, de la riqueza inminente y sumamente abrumadora, orinados en sus ropas del delantal sucio, y totalmente humillados en su orgullo, aplastados, rotos en llanto y derrotados por el amor, frente a los zapatos caros e impecables de cocodrilo del poderoso y gigante hombre al que ellos mismos, en su infinita, ciega, asquerosa, humilde y divina soberbia de clase obrera, quisieron ayudar, alimentar y proteger asumiendo, en su infinita inocencia y estupidez, que estaba solo, desamparado y en el asqueroso, frío y solitario olvido de sus calles, sin saber que estaban alimentando al dragón dormido más peligroso, rico y leal del universo entero.»
«Si tienen el valor humano, la empatía, la sed de sangre justiciera, amorosa, y la fortaleza mental y espiritual suficiente. El estómago forjado en acero inoxidable blindado, forrado en oro, y la sangre gélida, espesa, caliente y fría como la oscura y brillante noche de verano para enfrentar de lleno el impacto masivo visual. El shock psicológico más profundo, perturbador, traumático, físico, sanador y la majestuosa, divina, hermosa y aterradora maravilla de la justicia kármica del hijo adoptivo de las calles más implacable, calculadora, vengativa, agradecida, poética y purificadora…»
«Mostrada, vomitada y ejecutada en acción directa, cruda, a billetes limpios, a golpes de amor, de forma violenta y sin ningún maldito, asqueroso tipo de filtros comerciales de internet, censura de televisión mojigata, intervención policial cobarde para detener el regalo, o débil piedad judicial de los tribunales comprados por el dinero y de hacienda, que aquí no sirven para absolutamente nada, ni son papeles higiénicos frente a la furia de amor de un titán corporativo que ha venido a pagar su jodida cuenta.»
«Si quieren descubrir, presenciar de primera y única mano, grabar en sus oscuras retinas y gozar con una inmensa y sádica sonrisa llena de lágrimas la expresión indescriptible, grotesca, hermosa, divina y sumamente patética de llanto incontrolable, chillidos agudos de alegría, pánico absoluto ante el inmenso peso del dinero, de la felicidad y el vacío de la pobreza que muere oscura y sola. Asfixia profunda por el terror de la abundancia, terror ciego de no saber qué hacer con tantos millones, sudor frío corriendo por su frente arruinada, el temblor incontrolable en sus frágiles piernas de anciano cobarde y el terror completamente desquiciado, psiquiátrico y animal de Don Carlos y su hijo Miguel frente a su inminente fin como pobres.»
«El exacto, tenso, doloroso, hermoso y milimétrico momento en el que yo, Elías, el niño que alimentaste, con el rostro de piedra inamovible, lágrimas contenidas, la mandíbula tensa y el corazón de hielo absoluto y fuego ardiente, haga una simple, sutil, majestuosa y mortífera señal de ejecución de riquezas inmediata, legal e implacable con mi mano izquierda levantada.»
«Y los diez inmensos, implacables e inamovibles mercenarios fuertemente armados de mi seguridad privada de élite, que ganan más que el presidente de este país, se acerquen sigilosa, rápida, pesada y violentamente por sus espaldas temblorosas de padre e hijo. Los agarren violenta, dolorosa y despiadadamente por los brazos delgados, levantándolos del piso para que no puedan huir hacia ninguna parte de la calle en shock, forcejear, rechazar el dinero, protegerse el rostro ni patalear inútilmente en la acera llena de grasa.»
«Los fuercen física, legal y brutalmente a arrodillarse amarrados, abrazados, humillados y sometidos a la fuerza y al asombro en su propio y lujoso maletín de fibra de carbono lleno hasta el borde, manchado de la salsa de sus tacos de la que antes eran esclavos y de la que hoy se creían dueños absolutos, miserables y eternos amos. Y les abran la boca a la fuerza bruta, sin una gota de piedad, apretándoles la mandíbula inferior, destrozando su orgullo de no aceptar limosnas, obligándolos a escuchar la sentencia irrevocable de su destrucción de clase social…»
«Y yo, la reina, el rey absoluto, el emperador e intocable dios de esta nueva y millonaria familia inventada, la dueña absoluta de la verdad financiera y de sus patéticas, humildes y hermosas vidas, me levante del suelo arreglando mi traje a la medida arruinado por el aceite, eleve mi voz de justiciero implacable, sordo y letal para presenciar desde la primerísima y lujosa fila de honor el momento más glorioso, hermoso, poético, desgarrador y dolorosamente sádico de amor en el que el inmenso magnate ofendido por la pobreza, yo mismo, cegado por la rabia infinita de las calles y el amor ciego y leal a su salvador atacado por el destino…»
«Los obliga, a la fuerza bruta, militar, extrema y física, ahogándolos en terror de los números y sin la más mínima, microscópica, diminuta gota de piedad, compasión humana, miseria, misericordia o remordimiento legal por la inflación. A tragar el polvo, el asombro, a suplicar, a llorar y a firmar de inmediato en el cofre del Rolls Royce, a punta de pistola, miradas de odio y golpes fuertes y secos en el capó del auto, el traspaso absoluto, total, incondicional, legal y vitalicio de absolutamente todas y cada una de las propiedades, cuentas bancarias en Suiza sin límite de giro, empresas fantasmas legales, fideicomisos de mi inmensa corporación, tarjetas negras, mansiones, seguros médicos globales y acciones de mis empresas, a su maldito, simple y humilde nombre de taquero de esquina.»
«Obligándolos sádica, económica, mental, fiscal y brutalmente a consumir, tragar, ahogarse, digerir y firmar en tinta su propia, inminente, segura, humillante y sumamente hermosa, estúpida, absurda, demente, infinita, dolorosa e inmerecidamente merecida y perfecta ruina y muerte de la miseria en vida, ahogándolos en la abundancia total y en directo para todo el jodido planeta…»
«Y, por supuesto, como el gran, inmenso, colosal, gigantesco, apoteósico, absurdo, demente, ciego, cínico cierre dorado, brillante, oscuro, mágico, sangriento, violento y glorioso de esta macabra, retorcida, amorosa, enferma y épica obra maestra del suspenso humano, la locura corporativa y la justicia absoluta en su estado más primitivo y salvaje del dinero…»
«Si quieren presenciar, con los pelos de punta y la piel de gallina, la épica, majestuosa, legendaria y escalofriante escena cinematográfica de Hollywood de la vida real donde, cuando los contratos estén firmados con sangre, lágrimas temblorosas y sudor, ordenamos en conjunto a los mercenarios que recojan sus cosas, golpeen su pobreza, y los suban violentamente, a la fuerza y sin preguntar sobre los cómodos y amplios asientos traseros del auto de lujo más caro del planeta, alejándolos del frío piso de concreto negro de la calle exterior que los vio sufrir.»
«Y observamos parados, desde el asiento del piloto o desde el balcón de la luna, y en silencio absoluto, sepulcral, fascinado, loco y vengativo, durante diez larguísimos, agónicos, dolorosos, sádicos de amor, hermosos y aterradores minutos de reloj, bajo el calor de la noche de asfalto, cómo mis hombres toman bidones llenos de gasolina, rocían el carrito, el asfalto, y le prenden maldito fuego.»
«Reduciendo a cenizas humeantes, tóxicas y grises su adorada, vieja y oxidada colección de láminas, parrillas, trompos de carne, sudor, dolor, sufrimiento, miseria, pobreza, angustia y esclavitud estacionados en la entrada de su antigua prisión, quemando, destruyendo y derritiendo sus cadenas de hombres pobres como ácido puro de batería frente a sus propias, atónitas y sorprendidas caras llenas de lágrimas de impotencia, miedo a lo desconocido y libertad absoluta.»
«Cómo se asfixian llorando buscando consuelo falso en los asientos de cuero blanco en la calle sellada, cómo su orgullo humilde de cristal y de la clase trabajadora se hace malditos pedazos irreparables y polvo azul oscuro por la ruina total y el colapso absoluto de su antiguo y triste estatus. Cómo caen pesada y ruidosamente a la suave tapicería inmaculada del auto perfumado, retorciéndose en una agonía mental inenarrable, grotesca e inhumana de saber que no tienen a dónde ir de vacaciones ahora que son dueños del jodido mundo, ahogándose en sus propios gritos, lamentos de perdedores millonarios y risas de locos. Pagando con creces, mansiones, jets y con altísimos intereses de felicidad aguda, amor, lealtad y sin techo límite de gasto, cada minúsculo segundo de sufrimiento, insultos de clientes, madrugadas heladas y empujones provocados por la asquerosa soberbia de la sociedad hacia ustedes.»
«Y por mi inhumano, asqueroso, frío, oscuro y agónico sufrimiento de meses de hambre infantil encerrado en el silencio de las calles sin padres, aguantando abusos y humillaciones continuas que tú, maldito ángel vestido de blanco, me curaste con un solo y estúpido bocado de carne…»
«Mientras yo misma, la antigua persona sumisa, el niño muerto de hambre, la pordiosera de la esquina, el huérfano invisible, soy abrazado, llorado con sumo cuidado, protección y orgullo animal por los brazos fuertes, inmensos y sudorosos de mi padre adoptivo del alma, el gran Don Carlos. Quien, roto, loco, implacable, intocable y sereno de pronto como un dios humilde y asustado de la guerra y del dinero que ha completado su sagrada e incomprensible misión de salvar a un niño de la muerte en el pasado, me arropa de nuevo. Y yo lo arropo a él con mi saco de cachemira, pidiéndome disculpas mutuamente, él por su cobardía de hoy y yo por haber tardado veinte malditos y larguísimos años en llegar a rescatarlo de esta asquerosa basura de pobreza y olvido humano.»
«Prometiéndome, jurándome mutuamente con inquebrantables, eternos, dolorosos, ciegos y locos juramentos de sangre sagrada y lágrimas compartidas que a partir de esta misma, loca y demente noche de terror eléctrico y purificadora de fuego y asfalto derretido, nunca más, jamás, por el puto resto de la eternidad y del inmenso universo, ningún hombre rico de traje, ningún cobrador, ninguna enfermedad sin pagar en la faz de la jodida y perra tierra volverá a levantarles la voz, a cobrarles una deuda, ni la mano, ni a causarles miedo, angustia, ni un solo segundo de hambre en su vida que les quede del reinado infinito que acaba de comenzar.»
«Que vivirán, viajarán y serán tratados, operados por los mejores médicos, mimados como bebés, adorados por masas, respetados por presidentes y temidos por corporaciones enteras, como los reyes absolutos, la autoridad corporativa suprema, intocables, sagrados del inmenso y trillonario imperio financiero, bancario y familiar que he construido por el resto de sus malditas e inmortales vidas, sin depender de ningún gobierno, ley o mediocre. Hasta el bendito, dulce, ansiado, inalcanzable, perfecto y mágico día de su pacífica, tranquila y rodeada de poder, oro y lujo extremo, muerte natural de vejez en sus gigantescas camas de seda y oro en la otra punta del mundo…»
«Y que los mudos, gigantescos, silenciosos y letales mercenarios de mi seguridad privada y corporativa, convertidos ahora y desde este segundo en su guardia personal, esclavos eternos y su propio ejército privado y legal, simplemente dejarán a la víbora de la pobreza, a la miseria y al cobarde destino de la calle tirados, quemados y olvidados como simple basura inerte, arruinada, oxidada, quemada, negra y sin un centavo en el barro, la ceniza y el fuego del asfalto de la calle bajo la noche.»
«Sin recuerdos, sin dolores, sin identidades pobres y sin los falsos amigos de la pobreza que los ayuden ahora que son inmensamente y asquerosamente ricos e intocables. Condenando a los vecinos envidiosos a vagar, a sufrir y a esconderse de la sombra del dinero y de los acreedores de los que yo he comprado sus deudas enteras del barrio para perseguirlos, desalojarlos legalmente y de por vida, limpiando la calle de la gentuza que no lo ayudó cuando él cerró su puesto.»
«Fingiendo cínicamente, sonriendo de oreja a oreja como psicópatas desde mi inmensa y nueva ventana blindada del helicóptero privado, y sin ningún, pero absolutamente ningún, mínimo tipo de asquerosos remordimientos morales de pobres mañana por la mañana. Con tazas de café humeante y carísimo en la mano, en el inmenso balcón del rascacielos familiar más alto, ante la hambrienta y chupasangre prensa de negocios mundiales, la curiosa, metiche y asquerosa alta sociedad hipócrita de revistas y la policía local de la ciudad asustada por el despliegue militar de mi padre adoptivo…»
«Que el viejo, inocente, sudoroso, viejo, cansado y dulce vendedor de tacos simplemente desapareció en las sombras. Se jubiló de madrugada por un premio de lotería, llevándose todo el patrimonio y el cariño de forma misteriosamente y escandalosamente legal, inubicable y asombrosa, por una mala administración o magia pura y dura. Borrándolos de la pobretona y gris historia financiera de la ciudad sucia, y del registro civil, del IMSS y del censo social de los pobres para siempre y por toda la eternidad. Condenándolos al olvido total de la miseria, a la desaparición, a la ruina de las estadísticas y al absoluto y total asco y repudio de sus antiguos pares pobres, sepultando su nombre, sus huellas dactilares y su pasado en la ignorancia, la riqueza y el anonimato de la opulencia.»
«Y ejecutando a la jodida, milimétrica, paranoica y asfixiante perfección, al milímetro de precisión, y a sangre absolutamente fría, caliente, sádica, hermosa y calculada en los bancos, la verdadera, auténtica, magistral, impecable e insuperable venganza corporativa, de amor, gratitud, karma y lealtad perfecta. De la que absolutamente nadie, nunca jamás, en toda la larga historia del mundo cruel, la humanidad clasista y el egoísmo ciego, sabrá la oscura, brillante, brutal, divina, enferma y retorcida verdad del maletín misterioso de millones en la calle…»
«Los invito, con las puertas abiertas y el pase VIP, a presenciar en primera fila el castigo definitivo y asolador de la pobreza extrema, la enfermedad, la desigualdad y el olvido. La venganza y la cura familiar, moral, espiritual, táctica, financiera, divina, psicológica y humana total, absoluta, brutal e irreparable de la maldad pura de la avaricia, el machismo cobarde de la calle, el maltrato físico y verbal asqueroso, el abuso psicológico en la sombra de los deudores y la pobreza.»
«Y de la soberbia, el hambre infantil y de la asquerosa, venenosa y de plástico de nuestra era moderna de apariencias huecas y hombres de traje gris. El triunfo deslumbrante, divino, inmensamente y sádicamente poético, demente, violento, innegable y absoluto del alma noble, del hijo adoptivo que se levantó intacto y letal. Vivo de las cenizas, de las sombras, del humo y de las cenizas oscuras del infierno doméstico y callejero, soportando el dolor, las palizas y el hambre, para invocar, llamar y ejecutar con su propia voz herida, ronca, multimillonaria y armada, la justicia letal, kármica, amorosa y pesada del dios financiero que, con el fuego del carbón, sus armas y sus malditos e infinitos millones de dólares en las maletas, no perdona a los malos, no olvida jamás a los buenos, premia la lealtad, castiga la crueldad, y rompe el destino en la oscura y sucia tierra de los hombres cobardes, egoístas e ignorantes.»
«Y el glorioso, apocalíptico, demente, hermoso, sumamente sádico, aplastante, silencioso, atronador, divino, poético y destructivo final moral, económico, espiritual, definitivo y asfixiante de este asqueroso, cobarde, oscuro, abusador, sucio y misógino mundo de la pobreza. De plástico de tarjetas, deudas bancarias, silicona, maquillaje caro y falsa valentía de los matones de esquina, y de su asquerosa madre elitista de la sociedad, de la burocracia ciega que se creyeron.»
«En su inmensa, colosal, machista, ridícula y fatal ignorancia humana, animal y financiera del tamaño del mundo, completamente, absurdamente e infinitamente intocables por el fuego consumidor del infierno del karma, y por el rugido atronador, furioso, desesperado y multimillonario del titán vengador, del niño huérfano, del ángel de los millones, del dueño del mundo y de la vida, que despertaron, alimentaron y crearon hace veinte años en su jodida, bondadosa, humilde, perfecta y divina ceguera de amor callejero y tacos calientes en la noche oscura y lúgubre…»
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