El jardín de las cadenas: El candidato de cristal que mandó a arrestar a la madre que cumplió su condena de quince años en el infierno

Publicado por conejo el

Si vienes de Facebook, seguramente sentiste cómo la sangre se te congelaba literalmente en las venas, cómo un nudo asfixiante de pura indignación te cortaba la respiración de golpe y cómo el corazón se te encogía en el pecho al ver la frialdad absoluta, demoníaca y repulsiva con la que este joven, brillante y arrogante candidato político mandaba a arrestar a su propia madre, repudiándola como a un animal callejero en medio de su evento de lujo. Prepárate muy bien, aférrate con todas tus fuerzas a donde sea que estés sentado y respira profundo, porque el macabro, doloroso y desgarrador sacrificio que se oculta detrás de la ropa de exconvicta y el rostro envejecido de esta frágil mujer te dejará completamente sin aliento, con lágrimas en los ojos y el alma destrozada. La aplastante lección de karma y la implacable justicia divina que está a punto de desatarse hará temblar hasta los cimientos más profundos de esa corrupta campaña política, demostrando que quien escupe al cielo, pisotea su propia sangre y entierra viva a la mujer que le regaló su libertad, tarde o temprano, termina enfrentando el juicio más brutal, público y destructivo de su propia existencia tras las rejas de su propia soberbia.

El altar de la hipocresía y el banquete de las promesas vacías

La tarde caía con una luz dorada y perfecta sobre los inmensos, prístinos y exclusivos jardines de la «Hacienda Los Olivos», el recinto al aire libre más caro, prohibitivo y elitista de toda la región. El inmenso césped, cortado con precisión milimétrica, estaba cubierto por gigantescas carpas de seda blanca. Del dosel de los árboles centenarios colgaban candelabros de cristal que comenzaban a encenderse mágicamente con la llegada del ocaso. Era un evento de recaudación de fondos de ultra lujo para la campaña electoral más importante del año. Empresarios, banqueros, figuras de la alta sociedad y dueños de medios de comunicación se paseaban con copas de champaña francesa, luciendo joyas que destellaban con la luz del atardecer y trajes de diseñador que costaban miles de dólares.

En el centro exacto de este ecosistema de perfección estéril, riqueza absoluta y superficialidad asfixiante, rodeado de micrófonos y cámaras de televisión, se encontraba Alejandro.

Alejandro era el candidato estrella, la joven promesa que estaba a punto de arrasar en las encuestas para la gobernatura. Un hombre de apenas treinta y tres años que parecía haber sido esculpido a mano por los dioses de la ambición. Poseía un rostro impecable, una sonrisa de comercial de televisión, una oratoria hipnótica y una actitud de líder mesiánico que seducía a las masas. Vestía un traje de lino azul marino hecho a la medida que resaltaba su estampa de estadista, y un costoso reloj suizo brillaba en su muñeca mientras estrechaba las manos de los donantes millonarios. Esa tarde, Alejandro estaba a punto de asegurar los millones de dólares necesarios para sellar su aplastante victoria electoral.

Era la imagen viva del triunfo desmedido, la moralidad intachable y el poder incuestionable. Sus discursos hablaban de justicia, de honestidad, de valores familiares y de un pasado de esfuerzo incansable, afirmando a los cuatro vientos que era un hombre hecho a sí mismo, un huérfano que había luchado contra el mundo para llegar a la cima.

Pero debajo de esa brillante fachada de político salvador, detrás de su sonrisa blanqueada y sus palabras ensayadas, se escondía un monstruo de plástico. Un ser humano con el alma completamente podrida, vaciada de cualquier rastro de decencia moral, devorada por el arribismo, la codicia y una crueldad extrema. Para Alejandro, las personas comunes eran simples votos, y los pobres eran una mancha estética que arruinaba la foto perfecta de su campaña. Su vida entera era una obra de teatro monumental, un castillo de mentiras cimentado sobre el sufrimiento más atroz y silencioso de otra persona.

La mancha de miseria en la alfombra de seda

El frenético y elegante ritmo del evento, lleno de risas sofisticadas, brindis por el futuro y música de jazz tocada por una orquesta en vivo, se interrumpió de una manera silenciosa, pero inmensamente desgarradora.

Burlando milagrosamente los estrictos controles de los guardias de seguridad armados gracias a que se había escabullido entre las camionetas de los servicios de banquetería, caminando con un paso extremadamente lento, dolorido y arrastrando unos zapatos rotos sobre el inmaculado césped de la hacienda, apareció Doña Rosario.

Rosario era la madre biológica del intocable candidato de cristal. Una mujer que biológicamente apenas superaba los cincuenta y ocho años, pero cuyo cuerpo marchito, encorvado y dolorosamente frágil contaba una larga, oscura y aterradora historia de encierro, violencia, privaciones extremas y un amor maternal ciego que ninguno de los senadores y banqueros que reían en esa fiesta podría jamás llegar a comprender.

Su aspecto era el contraste más brutal, hiriente y violento que pudiera existir en ese jardín de multimillonarios. Llevaba puesto un pantalón de mezclilla desgastado, una blusa decolorada y una vieja chaqueta de lana que le quedaba inmensa, dándole el aspecto de una auténtica vagabunda. Su piel estaba pálida, con ese tono grisáceo y enfermizo que solo da la falta de luz solar durante años. Su rostro estaba surcado por arrugas tan profundas que parecían marcas de tortura, y sus ojos, rodeados de unas ojeras negras y permanentes, reflejaban el terror crónico de una vida rodeada de muros de concreto. Acababa de salir esa misma mañana de la Penitenciaría Estatal de Máxima Seguridad. Había caminado más de quince kilómetros desde la puerta del penal hasta los jardines del evento, sin un centavo en los bolsillos, guiada únicamente por los inmensos carteles políticos que mostraban el rostro de su hijo en toda la ciudad.

En sus manos, temblorosas, llenas de cicatrices antiguas y uñas maltratadas, apretaba contra su pecho un pequeño recorte de periódico viejo y amarillento, la única foto de su hijo que la había mantenido con cordura en la oscuridad de su celda. Había ido a buscarlo porque no tenía a dónde más ir, porque en su corazón de madre destrozada, creía que su niño, ahora convertido en un hombre poderoso, la recibiría con los brazos abiertos tras su inmenso sacrificio.

El choque con el monstruo y el pánico del ego

Alejandro estaba de pie frente a una mesa cubierta de manteles de lino blanco, alzando su copa de champaña para hacer un brindis con el director del banco más grande del país, cuando su aguda y calculadora mirada se desvió por un segundo hacia los arbustos que bordeaban la entrada de servicio.

El rostro perfecto del candidato se desfiguró instantáneamente.

La sonrisa de triunfo y poder desapareció en una milésima de segundo, siendo reemplazada por una mueca de pánico visceral, de terror absoluto y de una furia demoníaca que le heló la sangre en todas y cada una de sus venas. Su peor pesadilla, el fantasma de su pasado, la encarnación viva de su mayor vergüenza y del crimen inconfesable sobre el que había construido su futuro imperio, estaba a escasos metros de él, cubierta de miseria y arruinando la inmaculada estética de su evento de recaudación.

Presa de la histeria y el pánico de ser descubierto, Alejandro le dio la espalda a los banqueros, murmuró una excusa inaudible y caminó a zancadas furiosas, letales y llenas de odio contenido hacia su madre, interceptándola brutalmente antes de que ella pudiera dar un paso más y salir a la luz de los reflectores.

«¡Alejandro…! Mi niño hermoso…», susurró Doña Rosario, con la voz quebrada por la intensa emoción y la debilidad de sus pulmones, ignorando la violencia en los ojos de su hijo, levantando la vista con los ojos llenos de lágrimas de un amor puro, incondicional e indestructible. «Mi amor… salí hoy en la mañana… vine a buscarte… estás tan grande, tan elegante… mi niño es todo un gobernador…»

El silencio que cayó en esa esquina apartada del jardín fue denso, pesado y asfixiante, contrastando con el sonido de los violines que tocaban a lo lejos.

«¡¿Qué diablos estás haciendo tú aquí, maldita escoria?!», rugió el candidato político, perdiendo por completo la cordura, siseando las venenosas palabras entre los dientes apretados para no alertar a los periodistas, escupiendo cada sílaba como si fuera ácido sulfúrico directamente al rostro de la mujer que le dio la vida. «¡¿Te volviste completamente loca, estúpida exconvicta?! ¡¿Cómo te atreves siquiera a pisar mi evento vestida con esos harapos que apestan a celda, a humedad y a basura?!»

Con un movimiento repentino, violento, sádico y despiadado, Alejandro la agarró por el brazo, clavando sus dedos con una fuerza descomunal en los huesos frágiles de su madre, sacudiéndola como a un muñeco de trapo.

«¡Mírate nada más! ¡Eres francamente repugnante!», le gritó el político de cristal, señalándola con un desprecio demoníaco. «¡Eres la vergüenza más grande de mi vida entera! ¡Yo le dije a todos mis donantes, a la prensa y a mis votantes que soy un hombre intachable, de familia honorable que falleció trágicamente! ¡¿Qué crees que van a pensar de mí si se enteran, a un mes de las elecciones, de que mi madre es una maldita criminal salida de la peor prisión del estado?! ¡Me das asco! ¡Me das vergüenza! ¡Vas a arruinar mi campaña!»

El peso de las cadenas y el sacrificio de sangre

Doña Rosario dejó escapar un grito ahogado de terror y de un dolor emocional insoportable, sintiendo cómo las piernas le fallaban de golpe ante la magnitud del odio de su propio hijo. Cayó pesadamente de rodillas sobre el césped húmedo, abrazándose a sí misma por el impacto, mientras su mundo entero, sus ilusiones de libertad y su amor incondicional se derrumbaban a su alrededor en una avalancha de traición inenarrable.

«¡Alejandro, por favor, no me hables así!», lloró la anciana, juntando sus manos deformes frente a su pecho, suplicando de rodillas a los pies de los costosos zapatos del político. «¡Soy tu madre! ¡No tengo a dónde ir, no tengo un centavo, perdí mi casa, perdí todo!»

«¡Tú no eres mi madre, tú eres basura!», le gritó el candidato. «¡Eres un lastre asqueroso que viene a extorsionarme! ¡Seguridad! ¡Llamen a los guardias de inmediato!»

El dolor en el pecho de Rosario ya no era solo por la fatiga del encierro; era una agonía punzante, el corazón rompiéndose físicamente por la monstruosidad de la ingratitud más espantosa del universo. Tosiendo con violencia y con el rostro empapado en un torrente incontrolable de lágrimas amargas, la humilde mujer levantó la mirada hacia su hijo, acorralando al monstruo con la fuerza de una verdad innegable, brutal y aterradora que amenazaba con destruir el jardín de mentiras.

«¡¿Una criminal…?!», susurró la madre, desenterrando el secreto más crudo, oscuro, brutal y sangriento que un hijo le puede ocultar al mundo. «¡¿Te atreves a llamarme criminal a mí, Alejandro?!»

Rosario se aferró débilmente a la tela del pantalón de lino costoso de su hijo, manchándolo con el polvo de sus manos, negándose a soltarlo a pesar de los manotazos que él le daba.

«¡Tú no eres ningún hombre intachable, tú no eres ningún santo de la política, niño malagradecido!», relató la madre, llorando a gritos reprimidos, con un dolor tan inmenso, crudo y real que desgarró el aire sofocante de la tarde. «¡Toda tu brillante carrera, este traje carísimo, este evento lleno de millonarios y tu futuro como gobernador… todo está construido sobre la sangre de mi sacrificio!»

La madre exconvicta se golpeó el pecho frágil con su puño herido por el encierro.

«¡¿Acaso ya se te olvidó lo que hiciste hace quince años?!», continuó la heroica mujer, señalando con rabia hacia el rostro pálido del político. «¡Tú tenías dieciocho años! ¡Eras un mocoso irresponsable, borracho y drogado que se robó un auto y atropelló a aquella familia entera en la carretera dejándolos muertos! ¡Yo te encontré llorando como un cobarde, manchado de sangre, diciendo que tu vida había terminado, que ibas a ir a prisión y que nunca podrías ir a la universidad!»

El llanto de la anciana era un gemido desgarrador que cortaba la respiración, revelando ante Dios el verdadero, asqueroso y oscuro origen del poder de su hijo.

«¡Yo te salvé, Alejandro! ¡Yo lavé la sangre de tu ropa, te escondí, tomé las llaves del auto, me senté en el asiento del conductor y esperé a que llegara la policía! ¡Yo me eché la culpa de tu maldito crimen! ¡Yo firmé la confesión frente al juez diciendo que yo iba manejando borracha! ¡Acepté quince años en una cárcel de máxima seguridad! ¡Dormí en una plancha de acero, comí basura podrida, soporté palizas de otras reclusas, pasé inviernos congelándome sin ver la luz del sol, soporté vejaciones y humillaciones que no te puedes ni imaginar, única y exclusivamente para que tu expediente quedara limpio!»

Rosario se arrancó el cuello de la blusa, mostrando las cicatrices en su clavícula.

«¡Yo te di mi libertad! ¡Yo te regalé mis mejores años, me dejé pudrir viva entre rejas para que tú pudieras estudiar leyes, hacer tu maldita carrera política y pararte hoy frente a estas cámaras a fingir que eres el salvador del pueblo! ¡Cada voto que vas a recibir está pagado con los quince años de infierno que yo viví por ti! ¡Y hoy… cuando por fin salgo a buscar un abrazo tuyo, me repudias, me niegas cobardemente frente al mundo, dices que soy una basura exconvicta y me mandas a arrestar de nuevo porque mis harapos te dan vergüenza!»

El corazón de hielo absoluto y el destierro final

La revelación de Doña Rosario fue tan visceral, tan brutal y tan aplastante que cualquier ser humano, cualquier hijo con un solo miligramo de humanidad latiendo en sus venas, se habría derrumbado bajo el peso de la culpa más insoportable y criminal. Habría caído de rodillas sobre el césped, habría llorado a mares pidiendo perdón, habría besado las cicatrices de su madre, habría empapado su traje de diseñador con lágrimas de profundo arrepentimiento y habría corrido hacia el podio principal para tomar el micrófono, confesar la verdad al mundo, renunciar a su candidatura y entregarle su vida entera a la mujer a la que le debía su libertad y su existencia.

Pero Alejandro no tenía alma. La adicción al poder, la adoración de las encuestas, la sed de millones y la profunda y enferma desconexión con cualquier valor humano habían convertido su corazón en un bloque de hielo negro, calculador, despiadado y completamente vacío de empatía.

Completamente aterrorizado por la idea de que algún periodista cercano pudiera haber escuchado la confesión de su madre y destruyera su imperio político en un segundo, decidió enterrar su conciencia para siempre y aniquilar sin dudarlo a la única persona que se había sacrificado por él.

«¡Ay, por favor, ahórrate tu insufrible drama de delincuente loca!», respondió el político de cristal, con un cinismo tan espeluznante y demoníaco que congeló la sangre de la mujer. Con un movimiento violento, se desprendió del agarre de su madre, empujándola para que cayera de espaldas sobre la tierra.

«¡Ese fue tu estúpido problema, no el mío!», siseó el joven candidato, esbozando una sonrisa torcida y llena de maldad pura. «¡Si fuiste tan ignorante y tan estúpida como para entregarte a la policía por mí, fue tu elección de mártir! ¡Nadie te obligó! ¡Yo llegué a ser candidato por mi carisma, por mis estudios y por mi inteligencia política, no porque una vieja decrépita se haya ido a la cárcel! En este mundo de ganadores y depredadores, los débiles son los escalones que pisamos los poderosos para subir. Ya me serviste hace quince años, ahora solo eres un obstáculo.»

Alejandro la miró desde arriba con una frialdad sepulcral y definitiva, viendo llegar a los guardias de seguridad del evento.

«¡Llévense a esta basura de aquí inmediatamente!», ordenó el político, asumiendo su voz de autoridad y fingiendo indignación ciudadana. «¡Esta mujer me estaba acosando e intentando agredirme! ¡Llamen a las patrullas del estado, díganles que es una exconvicta peligrosa que allanó propiedad privada, y asegúrense de que la procesen hoy mismo para que la devuelvan al agujero de donde salió! No quiero volver a ver su asquerosa cara nunca más.»

El joven monstruo de cuello blanco se dio la media vuelta, se arregló la solapa de su costoso traje, respiró profundo, dibujó la sonrisa más falsa, encantadora y perfecta en su rostro y regresó caminando con una arrogancia infinita hacia sus donantes millonarios, dejando a su madre tirada de rodillas en el suelo, ahogándose en lágrimas, tosiendo y abandonada a su peor suerte, condenada a volver a prisión por el mismo hijo al que le había regalado su vida, traicionada de la forma más sádica, profunda e imperdonable que pueda existir.

La mirada de la condena y la invocación de la justicia divina

El sonido de la orquesta y el tintineo de las copas de cristal llenaba el exclusivo jardín. Los guardias se acercaban rápidamente para esposar a la frágil mujer. En esa esquina de césped perfecto, el abandono absoluto, la traición imperdonable y la miseria emocional lo devoraban absolutamente todo.

Doña Rosario se quedó allí, sola, paralizada y arrodillada sobre la tierra. Su llanto era un gemido sordo, profundo, ahogado en la garganta enferma; el sonido crudo, sangriento y dolorosamente real de una madre que descubre con horror que ha sido despojada de su salvación, de su futuro y de sus quince años de vida por un verdadero demonio narcisista y calculador nacido de sus propias entrañas.

Pero el clímax absoluto de esta tragedia humana, la confesión brutal que te destrozará el alma, te erizará la piel de todo el cuerpo y te helará la sangre en las venas, apenas estaba a punto de traspasar la pantalla para llegar directamente hasta donde tú estás sentado observando.

La frágil anciana destruida, con el corazón destrozado física y emocionalmente en mil millones de pedazos, el alma convertida en cenizas y el cuerpo tiritando de un dolor inenarrable, levantó lentamente la mirada desde el césped de lujo hasta la lente invisible de la cámara que la observaba desde las sombras del jardín.

Con una lentitud cargada de un dolor milenario, de una dignidad profunda, aplastante y absolutamente devastadora, la madre abandonada, traicionada y condenada en vida se incorporó valientemente sobre sus rodillas lastimadas.

Levantó su rostro bañado en arrugas, sudor frío y lágrimas amargas, mostrando la cruda y descarnada realidad del sufrimiento materno en su estado más trágico, crudo y absoluto.

Sus ojos, enrojecidos, cansados, luchando contra la desesperación total, pero brillando repentinamente con una intensidad emocional ineludible, una sabiduría inmemorial y una verdad que quema más fuerte que el fuego del mismísimo infierno, se clavaron directamente en el frente.

Rompió por completo la cuarta pared invisible de su propia y trágica miseria, de su agonía silenciosa en aquel resplandeciente paraíso de corrupción.

Fijó su mirada intensa, llena de un llanto desgarrador, una vulnerabilidad absoluta y un dolor que traspasa y trasciende cualquier dimensión humana, conectando directamente su alma rota y su respiración ahogada con los profundos ojos de cada persona, de cada madre que lo ha dado absolutamente todo, que ha entregado su propia libertad y su cordura por el bienestar de sus hijos, de cada espectador que la observaba atónito desde el otro lado de la pantalla en Facebook, atrapándolos de inmediato en un inquebrantable nudo de empatía imposible de romper.

Su expresión ya no era solo la de una frágil mujer maltratada y humillada. Era el mismísimo rostro universal del amor incondicional y el sacrificio puro pisoteado sin piedad por la soberbia y la codicia desmedida de la era moderna, a punto de revelar en voz alta la lección de karma más implacable, violenta y destructiva que el universo puede desatar antes de que esos guardias le pongan las manos encima.

«El dolor más grande, asfixiante, oscuro y aniquilador que puede destruir el alma de una madre en esta tierra», susurró Rosario, con la voz rasposa, rota por la tristeza infinita y el terror de volver a prisión, apretando el recorte de periódico viejo contra su pecho mientras una pesada lágrima caía y manchaba el suelo.

«No es perder tu libertad. No es pasar quince años encerrada en una jaula de concreto, soportando golpes, frío, hambre y el terror de no volver a ver la luz del sol. No es sentir que tu juventud se pudre lentamente en una penitenciaría mientras cuentas los días en una pared sucia.»

Mantuvo el contacto visual, hipnótico, desgarrador e inquebrantable, obligando a la inmensa audiencia mundial a sentir el peso brutal de su agonía en cada respiración ahogada y en cada pausa dolorosa.

«El dolor que verdaderamente te mata por dentro, el que te asesina el espíritu de un tajo y te entierra viva en el abismo más oscuro… es darte cuenta, en un segundo de lucidez atroz, de que le entregaste tus mejores años, tu nombre y tu libertad a un pedazo de carne sin alma que, cuando se vio forrado de poder, trajes a la medida y aplausos comprados, decidió mirarte con asco, robarte tu último aliento de esperanza, negarte frente a sus amigos millonarios y mandarte a arrestar para pudrirte en la cárcel de nuevo porque las cicatrices de tu amor le ensucian su maldita y falsa imagen política.»

La madre destrozada esbozó una levísima sonrisa de amargura infinita. Una mueca dolorosa, terriblemente triste, pero repentinamente cargada de un aura de inteligencia implacable, de una profunda resignación que helaba la sangre y llamaba a gritos, como un trueno silencioso y letal en un cielo despejado, a la venganza institucional, legal y a la implacable, perfecta y matemática justicia divina.

«Mi hijo de cristal cree firmemente que ordenar mi arresto consolidó su asquerosa campaña y aseguró por siempre su anhelada gobernatura llena de lujos. Cree ingenuamente que sus influencias, su traje de seda y sus discursos hipócritas lo hacen un dios intocable frente a los ojos del implacable destino, de la ley y del perfecto karma.»

Dio un leve suspiro, acercando un poco más su rostro cansado y bañado en lágrimas a la lente para envolver a la inmensa audiencia en un clímax de emoción pura, profunda y cargada de un suspenso ineludible que paraliza por completo el corazón de quien la escucha.

«Pero en su infinita, soberbia y repulsiva vanidad de candidato intocable, ese monstruo malagradecido olvidó la regla universal más básica de todas. Olvidó que los verdaderos crímenes de sangre jamás prescriben bajo la mirada de Dios, y que las lágrimas de una madre abnegada, engañada y repudiada, jamás de los jamases tocan la tierra sin que el vasto universo entero conspire para cobrar la inmensa deuda de inmediato, al contado y con intereses de dolor. Él olvidó en su infinita y estúpida arrogancia de poder, que yo jamás destruí la camisa ensangrentada que él llevaba puesta la noche de aquel accidente hace quince años. Una camisa con su ADN y la sangre de las víctimas que yo enterré en el patio de nuestra antigua casa, y que hoy mismo en la madrugada, antes de venir aquí, desenterré y entregué personalmente en las manos del fiscal de distrito de la oposición política… un fiscal que lleva meses buscando la forma de hundirlo y que acaba de reabrir el caso de homicidio múltiple con pruebas de ADN irrefutables…»

Inclinó ligeramente la cabeza cubierta de canas, aferrándose a la tierra del jardín, saboreando el dulce y terrible misterio de la justicia, el karma perfecto y la venganza inminente que estaba a punto de desatarse como un gigantesco huracán destructivo y purificador sobre ese imperio de mentiras.

«¿Quieren ver la tragedia absoluta, la humillación mundial sin precedentes y el terror paralizante que sintió este arrogante candidato cuando, justo al subir al atril para dar su gran discurso triunfal frente a todos los medios de comunicación del país, el sonido ensordecedor de las sirenas cortó su voz, y decenas de agentes federales armados irrumpieron en el jardín, no para llevarme a mí, sino con una orden de aprehensión directa contra él?»

Doña Rosario, la madre sacrificada, condenada y traicionada en su inmenso amor, levantó su mano derecha, temblorosa, curtida por la prisión y el sufrimiento, pero llena del inmenso peso aplastante del karma inminente y la justicia divina perfecta, señalando directamente hacia abajo de la pantalla con una tristeza infinita que se transformaba frente a la cámara en el aviso de una condena aplastante, ineludible y completamente definitiva.

«El momento exacto e imborrable en que las autoridades federales subieron al podio, le arrebataron el micrófono de las manos, confiscaron sus bienes frente a todos sus donantes de lujo, le leyeron sus derechos por homicidio agravado y fraude, y le pusieron las pesadas esposas de acero frío frente a las cámaras de todo el país, sacándolo a rastras de su propia fiesta, destrozando su campaña, dejándolo completamente en la ruina, llorando a gritos histéricos y convertido en la peor escoria criminal condenada a podrirse el resto de su maldita vida en la misma celda de la que yo acabo de salir…»

Dale clic a la historia completa en el enlace azul que dejé fijado en el primer comentario de este video.

Te juro por las amargas lágrimas que estoy derramando, por los quince años de infierno que viví por él y por el frágil corazón que me acaba de apuñalar con su traición, que la humillación pública nacional, la ruina política y personal total y la caída brutal hacia la prisión perpetua sin luz que recibió este monstruo de plástico… es un asombroso y perfecto desenlace de karma implacable y justicia divina que jamás, pero jamás en tu maldita vida vas a poder olvidar.


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